En invierno, la foca buscaba abrigo bajo la capa de hielo, por eso, la caza, resultaba compleja.
-¡Son animales estúpidos!.- Repetía Anua una y otra vez.
Siempre utilizaba una zarpa de oso para arañar el suelo que las atraía de una forma asombrosa. Había cazado muchas con este método, pero en invierno, debía armarse de paciencia, arpón en mano, cerca del respiradero a aguardar a que asomasen la cabeza. Cuando eso sucedía, casi sin querer, recordaba a su anciano padre:
-¡No seas tan impulsivo pequeño!. ¡Tú espera a que salgan, entonces les clavas el arpón y tiras hacia arriba con energía!. ¿Lo ves Anua?. ¡Aprendes muy rápido!.
Anua miraba a su trofeo y a su padre. Cuando fuese mayor sería tan fuerte como lo era él y le brindaría el primer oso que cazase.
Aquel deseo se veía cumplido. Anua ya era un adulto. Había medido fuerzas con la bestia y honrado al espíritu de su progenitor. Llevaba días espiando al oso en sus incursiones al lago. Cuando al fin se decidió, reconoció que el rival había estado a su altura. Había matado a uno de sus perros pero al final fue su propia sangre la que tiñó la blancura de la nieve. Por eso, porque su rival era un ser noble, Anua no se había ensañado y se disponía a darle una muerte rápida.
Y ahora el oso resollaba panza arriba. Henchido de un poder como nunca había experimentado, hundió la lanza en su cuello y escuchó el chasquido horrendo que producían las vértebras al partirse. Luego, lo desolló.
Aquella piel que llevaba en su trineo, le honraría ante la comunidad. Su mujer, iba a tener a su primogénito y por este motivo, Anua había accedido a abandonar su vida errante para echar raíces. Hacía casi un mes que se habían instalado. Anua, había trabajado con tesón en el nuevo iglú ayudado por sus vecinos en la tarea de excavar el túnel e impermeabilizar con hielo y orina las pieles que luego cubrirían la estructura. Luego, habían utilizado una lámpara de aceite de ballena para caldear el ambiente y facilitar que las paredes se soldasen.
Algunos menores de rostros famélicos lanzaron unos silbidos de aviso. Una joven vestida de blanco se llevó una mano a la frente para otear mejor el horizonte. Luego, cuando le vio agitó en el aire una mano enguantada.
Anua, descendió del trineo con un salto felino, lo desenganchó y ató los perros a una estaca mientras un grupo numeroso se aproximaba a curiosear.
Al cabo de unos minutos, se percató de que algo ocurría. Reinaba un silencio sepulcral solo turbado por la ventisca.
-¿Qué pasa?.- Preguntó.- ¿Por qué me miráis así?.
Todos se alejaban de él como si estuviese apestado incluso Yannaha, su mujer, había mudado de expresión.
Se rió y agitó los brazos como un pingüino porque sabía que aquel gesto haría reír a los niños que comenzaron a aplaudir. Pero los adultos, dieron un paso atrás.
Aquello resultaba incómodo. ¿O sólo era un juego?
Entonces, el círculo se rompió para dejar paso al Angakog, un anciano de cabellos plateados que avanzaba lentamente apoyado en su bastón. El Angakog o chamán era la máxima autoridad. Nunca abandonaba su iglú si no era para atender algún enfermo, ahuyentar a los malos espíritus o castigar a alguien que había infringido alguna regla del tabú. Parecía ser que Anua había infringido el tabú de la caza, pero aún no comprendía el motivo.
El anciano le observó durante un tiempo que a Anua le pareció eterno. De fondo, una mujer histérica estalló en llanto. Todos los demás callaban y observaban.
-¡Anua!. ¡Has infringido las leyes del tabú!.- Habló el chamán.
-¿por qué?.- gritó airado.- ¡Yo no he hecho nada!.
-¡lo sabes muy bien!.- señaló el trineo con un dedo samentoso.- ¡Ese oso....!. ¡Ese oso era un ser sagrado!.
Había tenido tiempo de conocer la leyenda y también al oso. Su encuentro con él no había sido fortuito. Había seguido cada uno de sus pasos y pensaba que con su muerte aliviaría la hambruna de la comunidad.
Pero, según la creencia, aquel animal albino era propiedad de SEDNA, la diosa esquimal. Era SEDNA quien enviaba a la tierra los animales que el hombre debía cazar y quien acompañaba a los mortales hacia su última morada. Pero Anua, había hecho caso omiso de la leyenda.
La leyenda era tan absurda como la figura del Angakog. El chamán era un hombre anciano y enfermo y ya era hora que alguien le plantase cara. Se necesitaba sangre joven, no infectada por las supersticiones, pues debido a ellas, los hombres ya no salían a cazar y el hambre resultaba casi insoportable.
-¡Ese oso era sagrado!.- gritó el Angakog.- ¡Era propiedad de SEDNA y pagarás tu osadía!.
-¿Un oso sagrado?.- Anua estalló en una risa nerviosa.- ¡Jamás escuché nada tan absurdo!. ¡Mira, chamán!. ¡Ningún oso lo es!.
Su pueblo había cazado osos desde el principio de los tiempos y aquel no tenía porque ser especial. La prueba de ello era que lo llevaba en su trineo. Cuando el hambre apremia no hay nada que detenga al hombre.
Tomó un trozo de carne sanguinolenta y lo arrojó a los pies de los mirones.
-¿Tenéis hambre?.- Dijo furioso.-¡Pues comed!. ¡Ahí tenéis vuestra ración!. ¡Vamos!. ¡Cogedla!. ¡No va a morderos!. ¡Es sólo carne!.
Tres hombres fueron precisos para reducirlo. Ahora por fin sabía lo que implicaba infringir el tabú y desafiar al chamán. También sabía que si el pueblo entero se ponía en su contra, él y su familia serían condenados al exilio. Quedaba una esperanza, si algún valiente se agachaba a recoger un solo trozo de carne...
Pero nadie dio un paso.
Contempló el rostro inclemente del brujo y decidió apelar a la compasión de sus vecinos. Ellos tenían mujeres e hijos y tenían que saber lo que implicaba avanzar a la intemperie con una mujer embarazada.
Una anciana de sonrisa torva alzó la voz entre los murmullos. Otras voces se unieron a ella, ásperas y estridentes.
-¡Sí!. ¡Vamos!. ¡Que se vayan!. ¡No los queremos aquí!. ¡Están marcados por el mal!. ¡Fuera!.
Derrotado, se mostró dispuesto a suplicar, a arrodillarse ante el Angakog si era preciso, pero los brazos de quienes le sujetaban le impidieron acercarse.
Humillado y muerto de dolor sintió que las piernas ya no podían sostenerle y se dejó caer para volver a decir:
-¡Sólo era un oso!. ¡Un estúpido oso!.
Aquella noche, el Angakog entró en trance al ritmo de los tambores. Sólo él tenía poder para comunicarse con el reino de los espíritus allí donde habita la imperturbable diosa de los esquimales.
Todos los que estuvieron con él aquella noche pudieron observar su rostro convulso, el fluido viscoso de su boca y sus horrendas sentencias. Casi al mismo tiempo, Anua ayudaba a su mujer en el parto.
El amanecer llegó tan oscuro como la noche con el llanto desgarrado de Yannaha. Anua secó el sudor de su frente y después de cortar el cordón umbilical, limpió toda la sangre y arropó los cuerpos de madre e hijo.
Contempló a la criatura.
Era una niña extraña de cabello crespo y una mancha verdinegra similar a una estrella en la mejilla izquierda. Podía tratarse de un defecto en la piel sin más aunque ya no estaba seguro. Aquello tenía que ser el primer signo de la abominación y el castigo.
Esperó pacientemente que Yannaha despertase sosteniendo al bebe en un brazo y utilizando el que le quedaba libre para ayudarla a incorporarse. Luego, le entregó a la niña como quien se deshace de una carga incómoda y salió fuera del iglú.
-¡Duele!.- Musitó ella a su espalda.
La miró de soslayo mientras colocaba los arneses. El inexperto Anua, había puesto en práctica todo lo que recordaba respecto al nacimiento de un niño que no era mucho. Creía haber hecho lo correcto pero Yannaha estaba muy pálida y caminaba con dificultad.
-¡Tengo frío, Anua!.
Le colocó unas pieles sobre los hombros y continuó distribuyendo la carga en el trineo.
-¿Puedes mantenerte en pie?.- Inquirió con voz grave sin volverse a mirarla.
-Creo que sí.- Musitó ella.
Al mirar el trineo, Yannaha se mostró inquieta.
-¿Adónde vamos?.
-¡Eso quisiera saber!.- Gruñó Anua.- todo cuanto sé es que nos echan.
-¿podemos...?.- Titubeó ella.-¿podemos quedarnos con la niña?.
Sabía lo desdichada que era por no haber tenido un varón. Pero, así eran las leyes de la supervivencia. En un entorno tan hostil como aquel las niñas no tenían futuro. Se necesitaba que el primer hijo fuese varón, así podría seguir los pasos del padre, aprender a cazar y defender a la familia en ausencia de este. A esto había que añadir la tara de la pequeña. La decisión ya había sido tomada.
La contempló sin moverse con ojos oscuros y fijos.
-¡Deja a ese monstruo en el suelo!. ¡Tenemos prisa!.
La mujer presa del terror aferró con más fuerza a la criatura.
-¡Muerte en el hielo, no!. ¡Por favor!. ¡Ella es buena!.
Para un esquimal, hay muchas clases de muertes y la muerte en el hielo es sin duda la peor de todas A aquellos a quienes les aguarda el infierno de SEDNA se les deja morir a la intemperie cubiertos de pieles y convenientemente atados. Yannaha se preguntaba cuál sería el delito que aquella pequeña criatura había cometido para merecer tan horrible castigo.
-¡He dicho que la dejes en el suelo!.- Bramó impaciente.- ¿Es que no me oyes?
-¡Pero el suelo está muy frío para ella!.- Dijo anegada en lágrimas y añadió.-¡Si la dejamos ahí se morirá!.
-¿Es que no te das cuenta que eso es lo que quiero?.
-Pero.... Esa mancha en su mejilla puede desaparecer y con el tiempo, tú la enseñarás a cazar y resultará tan fuerte y valiente como tú.
-¡Basta!.- Puso punto y final a la discusión.- ¡podemos tener otros hijos!. ¡No te preocupes!.
El trineo se puso en marcha. Ella, pálida y ojerosa, había perdido mucha sangre y contemplaba el paisaje con ojos ausentes.
-¡Mira Yannaha!.- Dijo para consolarla.
En el cielo cubierto de estrellas se vislumbraba la constelación del Lobo y una cortina de luz verdosa con rebordes rojizos.
-¡Mira Yannah!.- Repitió.-¡Fíjate!.¡Fíjate que hermosa es la aurora!.
La cabeza de ella estaba apoyada en el hombro de él y tenía el rostro demacrado y una extraña expresión de calma. Intentó incorporarla para aflojar un poco la presión. Aliviado, volvió la vista a sus perros y al camino que se extendía delante hasta que volvió a sentir el peso de su cuerpo en su costado. La vapuleó suavemente pero esta vez ella no reaccionó. Presintiendo lo peor aminoró la marcha de sus perros hasta detener completamente el trineo.
Al ver que ella no respondía a su llamada acercó la mejilla a su boca para descubrir que no salía ningún vaho. Desabrochó su abrigo para comprobar los latidos de su corazón....
Yannaha yacía en un charco de sangre....
¿Cuánto tiempo habría transcurrido cuando Madre Osa la encontró?. ¡Nadie lo sabe!. El tiempo es muy difícil de medir para alguien que no tiene nombre y que solo tiene vagos recuerdos. Madre Osa había perdido a su cachorro y arrastró cuidadosamente a la pequeña envuelta en pieles hacia una caverna situada en el valle, abrigada de los fiordos.
Aquello fue un golpe de suerte para ambas. En otras condiciones, el animal, la habría devorado, pero acababa de perder a su cría.
Lugar sin nombre, como así la llamaban había crecido en la oscuridad de la cueva. Pero ya no era un cachorro.
Antaño, Madre osa la había protegido con su propio cuerpo del frío y los depredadores, para ella, cazaba las mejores piezas y jugaba a entablar combates sin más ánimo que el divertimento. Lugar sin nombre, odiaba su propia piel tersa y ausente de pelaje y para solventar el problema, había aprendido a cubrirse con las pieles de las víctimas de Madre Osa.
El animal había tardado en aceptar que la cría que había amamantado era uno de esos inuits (*esquimales), los mismos que un día la emboscaron y mataron a su verdadera descendencia.
Ahora, la veía jugar en el lago, ajena a sus pensamientos y no tenía valor para darle muerte. Tal vez era hora que emprendiese su camino en solitario.
Lugar sin Nombre gruñó suavemente indicando al animal que necesitaba sus juegos pero, la osa adulta respondió con un enorme rugido que hizo retumbar la tierra.
Pensando que formaba parte del juego, la muchacha se tumbó panza arriba aguardando una respuesta.
Era primavera.....
Y nunca más volvieron a encontrarse en las largas noches sin Dios.
Los años también habían pasado para Anua. Harto de vagar de comunidad en comunidad y completamente hundido por la desgracia, había forjado un carácter agrio que le hacía aislarse del resto del mundo. Quienes le conocían bien decían de él que era un hombre extraño, silencioso, con cara de pocos amigos que nunca hablaba de su pasado.
El destino quiso que Otto Blixen se cruzase entonces en su camino.
Otto Blixen, carecía de escrúpulos y cazaba meramente por placer. Gracias a ello había hecho una inmensa fortuna. Habitaba una mansión en Copenhague, sus hijos conducían coches lujosos de un modo imprudente y su esposa regentaba una de las más afamadas peleterías de todo el país. Nadie preguntaba de donde venía la enorme fortuna de los Blixen aunque a decir verdad, todos lo sospechaban.
Otto Blixen que últimamente sufría de gota, tenía un carácter inquieto que le impedía permanecer en un sitio fijo durante mucho tiempo.
Llegó al campamento un día de verano cuando los inuits construían la presa para pescar truchas y salmones. Se trataba de un artilugio de madera similar a un puente con estacas laterales dotado de una barrera. El citado artilugio, aprovechaba el caudal del río, de modo, que al llegar a la meta, los peces se estrellaban contra el dique muriendo instantáneamente.
Una algarabía de niños rodeó al recién llegado y rebuscó en los bolsillos de su guerrera.
Otto, ignoró a los pequeños y se dirigió a su trineo donde esperaban un montón de balas de tela, botellas de aguardiente, tabaco y armas de fuego. Menudencias de la ciudad que los inuits jamás habían visto y que Otto esperaba cambiar por lustrosas pieles y objetos de marfil tallado.
-¡Eh tú!.- llamó a un hombre joven que parecía conocer muy bien.-¡Sí!. ¡Te hablo a ti!. ¿Qué tal anda la caza esta temporada?
-¡No muy bien!.- Respondió el aludido.-¡Tenemos miedo, señor!. ¡Tenemos miedo de Lugar que no existe!.
-¡Sí, ya veo!.- Asintió.-¡he oído hablar de esa maldita bruja!. Vengo de dos campamentos distintos que dicen haber sido atacados por ella y sus osos. –Dio unas palmadas amistosas en su hombro y comenzó a adoptar una actitud paternalista.- ¡Anda!. ¡Dime!. Mi gota va cada vez peor. ¡Este dolor es insoportable y necesito ayuda para cazar!.
-¡Usted no necesita cazar más osos para vivir!.- Aseveró el otro.- Usted y su familia nadan en la abundancia.
-¡maldito seas!.- protestó.- ¡es solo una superstición!. ¡Tú siempre me has ayudado con las trampas!. ¿Qué haré si me abandonas?.
El inuit le dirigió una mirada vacua y negó con la cabeza.
-No son supersticiones señor. Lugar que no existe no es un ser humano. ¡Hágame caso y vuelva a su casa!. Nadie en su sano juicio querrá ayudarle.
Otto Blixen sonrió ácidamente y reparó en un hombre solitario ajeno al revuelo que producía siempre la llegada de las mercancías.
-¿Y ese?.- Preguntó.-¿Qué me dices de él?.
-No lo sé.- Respondió dubitativo.- No le conozco apenas. Hace dos días que llegó y no habla mucho.
-¿Crees que aceptaría trabajar para mí?. ¡Dime!. ¿Qué opinas?.
-Puede ser, señor Blixen.- Admitió.-¡Pregúnteselo usted mismo!. ¡Es un hombre extraño!.
Ayudado de un berbiquí hizo un fuego con unas piedras y se sentó a esperar la visión de los dioses. Anua, se maldecía por lo que había hecho aquella tarde. Aún no sabía por qué había accedido. Los ojos plomizos del extranjero le hacían sentirse muy incómodo. Parecía de esa clase de hombres que someten a los animales a torturas injustas. No había en ello ni honor, ni necesidad de supervivir, sólo divertimento y mero negocio. No era aquello lo que Anua había aprendido de su padre pero eran tiempos de escasez y Otto Blixen le había ofrecido mucho dinero.
La droga comenzaba a causar efecto. Anua, cerró los ojos.
Soplaban vientos violentos. El agua arrastraba iceberg descomunales y témpanos de hielo diminutos como astillas. En algunos tramos las terrazas de hielo tenían formas caprichosas. Una de aquellas esculturas tenía el rostro de la bella Yannaha y parecía susurrar algo que no acertaba a comprender y en círculos, a su alrededor, buceaba un oso enorme.
De pronto, el viento huracanado rompió la cabeza de la escultura de hielo y de su interior surgió una extraña mujer de cabellos crespos con una mancha verdinegra en su mejilla, adornada con un arete en la nariz.
Conocía aquellos ojos que ahora le miraban fijamente. Su mirada era el presagio de la fatalidad: fría como el hielo y abrasadora a la vez como el fuego del infierno al que había sido condenada.
Ausente a los juegos de sus osos, tomó en una mano el remo de doble pala y en la otra, el kayac para iniciar una carrera hasta el agua. Introdujo su pequeño cuerpo en la abertura de la embarcación y remontó el río con vigor hasta adentrarse finalmente en el mar y perder de vista a sus oseznos, hasta que no quedó más que el horizonte teñido por la luz mortecina del cielo reflejada en el agua.
Allí, en aquel silencio mineral pensó en lo absurdo que es el mundo de las personas. Con el tiempo, había aprendido a ser como ellas. Ellas habían matado a sus osos y ahora Lugar sin Nombre les pagaba con la misma moneda.
Aguzó sus oídos al silencio y dejó henchir de aire sus pulmones, adormecida después por el agradable sopor que producía el suave balanceo de su kayak.
Dejó transcurrir un tiempo así, vaciada su mente. Poco después, tensó todos sus músculos, abrió repentinamente los ojos y silbó.
Su comida avanzaba a su encuentro y ella aguardó a que se acercase lo suficiente para herir su flanco sin que peligrase la estabilidad de su canoa.
Escuchó los desesperados coletazos del enorme pez intentando zafarse del arpón y luego, cuando todo cesó lanzó un grito victorioso al viento y se dirigió con la pieza hasta la orilla.
Una vez en ella, con la respiración jadeante, sacó el cuchillo de su traje y comenzó a despedazar a su presa.
Fue entonces cuando se percató de que algo ocurría.
Los oseznos no estaban. Parecía que la tierra los hubiese engullido.
Olvidó lo que estaba haciendo e inspecciono el lugar donde los había dejado jugando. Unos metros más allá, aparecían unas piedras grandes junto a unos extraños postes de madera que los animales, en su desesperación, habían arrastrado dejando un reguero de sangre.
Lugar Sin nombre introdujo un dedo en el líquido rojo y se lo llevó a la boca.
-¿No son suficientes osos por hoy?
El rostro enrojecido e iracundo del extranjero indicaba que efectivamente, no lo eran. Aquel era un mal día, la gota había vuelto a las andadas y Otto Blixen no estaba de muy buen humor.
-¡Son demasiado pequeños!.- Escupió furioso.- ¡En la ciudad no me darán mucho por ellos así que cállate y continúa echando carnaza!.
Anua masculló algo pero continuó sacando vísceras y tendones de un caldero metálico. La trampa estaba dispuesta de modo que la misma presa la cerrase en su intento de mover el cebo.
Se sentaron a esperar y dormitar un poco aunque no tuvieron mucho tiempo. Tal y como había dicho el extranjero el magnífico animal que esperaban acudió atraído por el olor de la sangre.
La osa olisqueó el ambiente y al divisar la carne intentó moverla con su zarpa. Casi, de una forma inmediata, el enganche soltaba el gatillo y las mordazas aprisionaban su cuerpo.
Emitió un rugido de dolor pero ante las atónitas miradas de ambos hombres, logró liberarse del cepo.
Avanzaba ahora erguida sobre sus patas traseras.
-¡Dispara, maldito cabrón!.- Gritaba Otto Blixen.- ¡No te quedes ahí parado sin hacer nada!. ¡Dispara!:
Una sombra pequeña se proyectó a sus espaldas. Anua se volvió para contemplar a la mujer que vivía en sus pesadillas y a la creía hacía mucho tiempo muerta.
No movía los labios, no hacía el menor movimiento. Su mirada se volvía hacia el oso herido que avanzaba impasible y hacia el hombre que empuñaba el arma. Anua se sentía bloqueado e incapaz de apretar el gatillo.
-¡No puedo!.- Lanzó al aire unos disparos de aviso para el animal.- ¡No puedo!: ¡Maldita sea!. ¡No puedo hacerlo!.
-¡Dispara de una vez!.- Vociferó el extranjero.-¡Los inuits sois todos una raza de cobardes!. ¡Dispara, hijo de perra!.
-¡No puedo hacerlo!.- Dijo Anua entre lágrimas.- Se ha encasquillado.
Le arrancó el fusil de las manos.
-¡Trae acá!. –Dijo con voz pastosa.- ¡Ahora se va a enterar de quien es Otto Blixen!.
El curtido cazador descargó todos los cartuchos en su intento por abatir al colosal animal. Con la última bala, éste, quedó inmóvil, como sorprendido, casi podían sentir su aliento abrasador, para retomar finalmente su carrera. Pero luego, se detuvo, se tambaleó un poco y acabó cayendo con un fuerte estruendo.
-¿Lo ves, estúpido Inuit?.- Dijo el extranjero con una sonrisa triunfante.
Luego se volvió a la mujer, lleno de indignación.
-¿Quién eres tú? ¿Qué has venido a...?
Sin mediar palabra, Lugar que no existe se llevó una mano al cinturón en busca de su cuchillo. Con él, atravesaría el corazón del insensible cazador de osos. Pero llegó tarde...
Anua se le había adelantado propinando al viejo un golpe con su arpón cuando estaba de espaldas.
La sangre borboteaba en el agujero donde el arma se había clavado y se deslizaba en finos hilos por las comisuras de su boca.
Las piernas de Otto Blixen se doblaron y cayó con el arpón clavado y una muda expresión de terror dibujada en el rostro.
Al mismo tiempo el cuchillo, resbaló de las manos de la muchacha conocida como Lugar que no existe arrodillada a los pies de Madre Osa.
Así se quedó durante mucho tiempo llorándola y acariciando su suave pelaje. Intentando comprender porque el desprecio a la vida de sus propios congéneres.
Soplaban ráfagas de viento a kilómetros de distancia y en el cielo, lucía el Sol de Medianoche.
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