martes, 14 de agosto de 2012
LA PEQUEÑA PIANISTA
Nevaba como nunca, Klaus contemplaba absorto como los copos de nieve se adherían al cristal creando figuras caprichosas. Afuera, debía hacer frío, mas eso no parecía preocupar a los pequeños que jugueteaban en el jardín ajenos a su mirada, mientras construían un enorme muñeco de nieve lo suficientemente grande y ridículo como para no pasar inadvertido.
Suavemente el libro que sostenía entre sus manos se fue deslizando yendo a parar sobre su regazo al mismo tiempo, el espejo le devolvía su imagen con la misma crueldad con que el verdugo decapita a su víctima.
Su pelo lacio, desgreñado, caía sobre sus hombros en una masa amorfa, tan nítida como la misma nieve que implacable cubría el paisaje que se perfilaba a través de los amplios ventanales. Su rostro cuarteado, macilento, dejaba entrever unos ojos carentes de brillo, sin vida, la triste sombra del mar tempestuoso, la mirada felina de antaño.
Ahora Klaus, contemplaba su propia imagen como si esta careciese de identidad, negándose a creer que aquellas manos temblorosas y torpes le perteneciesen. Llegaba un punto, en que nada importaba salvo la espera, la vieja cita con un oscuro fantasma que como siempre se demoraba.
Harto ya de su contemplación, intentó incorporarse y volvió a lamentarse como de costumbre por la maldita ciática.
Fue entonces cuando la puerta cedió con brusquedad y un bullicio infernal irrrumpió en sus oídos. Allí frente a él estaba su hijo, su nieto y un grupo de personas a las que jamás había visto pero, que a pesar de todo, insistían en conocerle.
Un hombre de facciones romas se acercó para estrechar su mano mostrando dos filas de dientes blancos, perfectos…
-¡Felicidades viejo amigo!- exclamó con fingida afabilidad.
-¿Habéis visto?. Pero si parece casi tan joven como entonces- Intervino una dama encorsetada a la que costaba reconocer bajo tantas y tantas capas de maquillaje.
La mujer le recordaba a uno de esos payasos de feria, vestida con aquel atuendo de colores chillones que tanto le había hecho reír cuando era niño.Afortunadamente, el tiempo le había enseñado a controlar sus emociones.
Por esta razón, su mirada no expresó otra cosa sino indiferencia y desidia a la par que contemplaba al hombre obeso con aspecto de banquero aburrido y a la caricatura que tenía frente a él, empeñada en atribuirle nombres de personas a las que jamás había conocido y lugares donde jamás había estado.
Otro rostro confuso se sumó a aquella algarabía.
-¿No me reconoces, Klaus? ¡Soy tu primo Hans.
Un joven apuesto de cabello dorado y elevada estatura se acercó al pobre primo Hans apoyando una mano sobre su hombro. Se trataba de Kevin, el hijo menor de Klaus que contemplaba a su progenitor con tristeza.
-No se da cuenta de quien eres, Hans-Y dirigiéndose a los invitados se excusó por él- Perdonen a mi padre. Su memoria falla. Son ya muchos años los que lleva cargados a las espaldas.
La mirada iracunda de Klaus le dejó paralizado y su voz se convirtió en un tartamudeo.
-¿Te crees que soy idiota, Kevin?- Le increpó con desdén.-¡Claro que les reconozco, lo que ocurre es que me duele la cabeza!
Un silencio doloroso se hizo entre los presentes. Nadie se atrevía a pronunciar palabra alguna y el único sonido que podía escucharse en la habitación era el insistente y tortuoso sonido de una mosca embistiendo contra el cristal de la ventana.
Como una bendición del cielo el pequeño Anker rompió el hielo tirando insistentemente de la chaqueta de su abuelo mientras imploraba.
-¡Abuelo! ¿Me dejarás jugar con tu colección de sellos antiguos?
Kevin frunció el ceño y tomó una botella de champagne del pequeño mueble-bar.
-¡Vamos Anker!. ¡Deja al abuelo!-Ordenó con voz suave pero autoritaria.
-Creo que Karen está ayudando a la cocinera a hacer un delicioso pastel de moras y grosellas. ¿Por qué no vas allí?
-¿De veras?- fue la respuesta del niño emocionado.
Y antes que pudiera responderle partiió como un vendabal arrollando a su paso una diminuta figura de porcelana.
Kevin contempló ensimismado la partida de su hijo sin percatarse de que Klaus también hacía lo mismo.
-¡Siento lo que ha hecho tu nieto!-dijo agachándose a recoger los trozos de porcelana.
-No te disculpes por ello. Y no tomes demasiado en serio mis comentarios. Ya sabes como soy. A propósito: ¿Donde está Ingrid?
-¿Ingrid? ¡Ah! ¡Está ahí!- Señaló entre los presentes a una mujer menuda de cabello pelirrojo que no cesaba de hablar y reír mientras sostenía una copa de champagne entre sus manos.
-¡Bebe demasiado!-Observó mientras tomaba un canape de caviar de la fuente de entremeses.
Kevin, sopesó sus palabras adoptando una actitud fría, distante. Tenía la mirada puesta en algún punto inexistente y todos los recuerdos agolpados sin orden ni concierto en su memoria.
Pensó en su antiguo sueño: convertirse algún día en un afamado pianista y compositor como su padre. ¿Qué era ahora?. Tan sólo un simple y frustrado ingeniero cuyo matrimonio comenzaba a resquebrajarse.
En cuanto a su hermana Elsa, su padre había logrado quitarle de la cabeza a aquel poeta bohemio y desharrapado para casarla con un hombre de negocios de porte austero y familia acomodada. El matrimonio duró tan sólo un año. Ahora Elsa, compartía una mísera buhardilla en Paris con un hombre aficcionado a propinarle brutales palizas y derrochar su dinero en cantinas y prostíbulos.
-En la calle debe estar helando- Pensó Klaus ajeno a los pensamientos de su hijo. A sus oídos llegaban emotivas canciones navideñas inundándolo todo con su alegría. El viejo compositor en cambio, sentía como el frío se calaba en los huesos y lo que era aún peor, en su propia alma, sin que pudiera hacer nada para evitarlo.
Todo era silencio, pero había algo turbio, sórdido en el ambiente, algo que no podía precisarse, como si todos los presentes a la vez pensasen en voz alta y Klaus pareciese oír entre aquellos murmullos:
-¡Viejo miserable!
-¿Te has fijado que despota?
-¡Hombre desnaturalizado! ¡Canalla!
-Pienso que deberíamos irnos. Estamos de más aquí.
Kevin le sacó de sus divagaciones arrastrando del brazo a una muchacha en la que Klaus ni siquiera había reparado.
-¡Te hemos traído una sorpresa!-exclamó laconicamente- Se llama Judith y es una joven promesa. Cuando la escuches sólo tendrás oídos para ella.
Klaus sonrió. La joven bastante retraída le recordaba en cierta manera a sí mismo, cuando tuvo que actuar por primera vez ante el selecto público de la ópera de Helsinki. Sus piernas flqueaban, el sudor perlaba copiosamente su frente, hasta el punto que su actuación hubo de ser suspendida por segunda vez debido al nerviosismo del joven músico.
Mas afortunadamente, una vez en el escenario, el calor de los aplausos del púlpito le infundieron el suficiente ánimo para interpretar su debut como compositor: ” La Dulce Melodía “
La actuación fue un auténtico éxito y se recordaba a sí mismo leyendo las críticas de cuantos periódicos caían en sus manos.
En ellos se decía en grandes titulares:
“Una intervención magistral” “Joven músico danés promesa del año que comienza” “Klaus Nigelson emprende una gira por Hamburgo”. ” La Reina ha dicho: Es simplemente sublime, extraordinario”
Klaus observó las manos de la joven. Era el primer detalle en el que siempre se fijaba cuando conocía a una persona. Las manos son el espejo del alma, se decía y debía de haber algo cierto en su filosófica reflexión.
Había manos toscas y rudas, estropeadas por el trabajo, incapaces de otra cosa sino de pegar zarpazos sobre un teclado. Las había declicadas, temblorosas e incapaces de canalizar su fuerza interior adecuadamente.
La joven que tenía ante sí parecía pertenecer al último grupo; manos blancas, cuidadas, dotadas de largos y elásticos dedos, manos que se movían como mariposas moviendo nerviosamente sus alas en el aire.
-Es un placer-sonrió estrechando su mano-Espero no defraudarle.
Klaus miró sus ojos, eran bonitos y almendrados. ¿Temía defraudarle? ¡Bueno! eso se vería, tenía que estar a la expectativa, probablemente si ella interpretase la Sinfonía Inacabada de Bethoven a él le gustaría.
-¡Bueno!- Les interrumpió Kevin-¿Cuando empezamos? ¡Ahí está el piano Judith!. Es todo tuyo.
Los comensales tomaron asiento y guardaron silencio mientras la joven se esforzaba en aportar inútilmente su propio genio a una de las obras más bellas y sublimes que ha dado fruto la historia de la música.
Pero el famoso: “Para Elisa” sonaba vacío en aquellas manos inexpertas. Le faltaba espíritu, le sobraba fuerza. Tal vez si la joven lograse dar rienda suelta a sus emociones dotando a todos y cada uno de sus dedos de vida independiente podía brillar en el futuro con luz propia.
Tal como era ahora los críticos, hienas hambrientas, acabarían despedazándola con sus comparaciones: Toca el maestro…” Opinarían los mejores, en cambio los más crueles no tendrían piedad: “Ni siquiera cuando intenta emular a las grandes glorias de la música lo consigue”
En un telón de fondo se entremezclaban con sus pensamientos los rumores.
-¿Te has fijado? ¡Pobre hombre no es ni la sombra del genio que un día conocimos.
-¡Es natural!- Intervino otro invitado-Su salud empeora, no en vano los años pasan.
Otra voz extrañamente familiar sonó imperiosamente.
-¡No has debido obligarme a venir aquí!
-¡Cállate!-Le ordenó la otra voz-¿Es que no ves que puede oírnos?
-No importa. ¡Quiero ofrecer un brindis al hombre más déspota y miserable que jamás he conocido! ¡Por usted Señor Nigelson!
Kevin contempló a su esposa con dolor.
-Será mejor que nos despidamos Ingrid, estás completamente borracha.
-¿Borracha, yo? ¡Oh, Kevin! ¡Por favor!
La copa y su contenido se vertió por el tapizado de una silla estilo Chippendale, mientras Ingrid se avalanzaba hacia la puerta sin poder por más tiempo retener su llanto.
Judith apartó entonces sus manos del piano y con ojos ingenuos preguntó:
-¿Qué está pasando?
-¡Toca!- Ordenó Kevin.
-Pero…-dudó la joven
-Te he dicho que sigas tocando. ¿es que no me has oído?
El sudor perlaba la frente del viejo Klaus que contemplaba impotente la escena. Recordó entonces sin saber porqué a su pequeña Marie, con sus piernecillas colgando del taburete mientras él trataba de enseñarle sus primeras lecciones de solfeo.
La pequeña hubiese sido una fantástica pianista si un terrible y ridículo accidente no hubiese malogrado su vida a la tierna edad de nueve años.
Aquello fue su fin como músico y como padre. Las cosas jamás volvieron a ser como entonces.
Klaus intentó levantarse del sillón mas el dolor punzante que atenazaba sus piernas le impidió dar un solo paso.
-No es necesario que trates a Judith de esa forma- Le amonestó.
-¡Ahora no, padre!- Gritó Kevin con amargura- Y usted vieja bruja: ¿Qué diablos está mirando?
-¡Kevin, por favor! ¡Perdone, señora, no haga el menor caso a mi hijo! Esta noche todos hemos abusado del champagne y los ánimos se han exacerbado.
Y luego, dirigiéndose a su hijo trató de excusarse alegando que no tenía intención de que la cosa llegase a esos extremos.
-¡Claro que sí!-Le recriminó-Todo el mundo estaba hoy aquí para intentar agradarte. ¿Y que has hecho? ¡Despreciarnos a todos! Es evidente que tu familia te desagrada, incluso tus amigos no son para ti más que personas desconocidas que vienen a degustar tu champagne, comerse tus canapes y oír a esta ridícula y estúpida pianista-dijo señalando a Judith.
-¡Basta!- Gritó por primera vez fuera de sí-¡Márchense! ¡Márchense todos! ¡Fuera de mi casa!
Anochecía, la oscuridad se filtró dolorosamente entre los claros cortinajes. Afuera, debía hacer frío, y la mecedora se movía impaciente dibujando en la penumbra la silueta de un anciano que hacía tiempo esperaba una cita a la que ansiaba y temía.
Era navidad, los últimos sones de los villancicos hacía horas que se habían extinguido en las callles. Dentro de los caldeados hogares las familias se reunirían alrededor de una chimenea o en torno a una mesa donde comerían y beberían copiosamente fingiendo sus odios o afectos.
Kevin no vendría. Hacía años que sus relaciones se habían enfriado sin que hubiese acontecido disputa alguna. Por tanto la idea de una fiesta sorpresa y lo que en ella había acontecido sólo era fruto de su desbordada imaginación. La soledad es un monstruo de afiladas garras que hace que el ser humano sienta frío, un frío que no es físico sino espiritual, algo, que cala más hondo que en los huesos.
Klaus había tenido muchos años para imaginar. El tiempo no tiene medida, lo que para el reloj quiere decir una hora, para un viejo compositor derrotado puede significar una eternidad llena de sufrimiento.
La sala volvía a llenarse de luces. Kevin le estrechaba entre sus brazos, mientras Ingrid sonriente acariciaba sus canos cabellos.
-¡Te queremos Klaus!
Cuan difícil resultaba discernir las fronteras entre la fantasía y la realidad.
El pequeño Anker sostenía entre sus manos un pequeño plato con una porción de tarta de grosellas.
-¿Me conoces, Klaus? ¡Soy tu primo Hans!
Y entonces, sin previo aviso, todos desaparecieron de escena y alguien o algo acarició sus sienes con dulzura.
Ella estaba allí tal y como él la recordaba. Su pequeño y frágil cuerpecillo se había aposentado en su regazo cubriéndole de besos y caricias.
-¡He venido a buscarte!- Susurró- Esta vez no habrá interrupciones. Yo seré tu único público y tú volverás a tocar para mí “ La Dulce Melodía ”
-¡Marie! ¡Mi Marie! ¡No es posible que estés aquí! ¡Nadie me quiere! ¿Has visto? ¡Es navidad y nadie ha venido a verme!
-Yo sí te quiero- respondió Marie con sencillez- Para mí eres el mejor, el único. Yo te llevaré a un lugar donde reina una música apacible. Allí estaremos de nuevo juntos. Esta vez nada ni nadie podrá separarnos.
La luna brillaba en un cielo cuajado de estrellas.
En la oscuridad de su habitación, Klaus buscó en los dulces y angelicales ojos de su pequeña pianista.
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