miércoles, 15 de agosto de 2012
La soledad del perro
Una tórrida tarde en el Paso, el hombre, salió de la casa. Ya en la puerta, besó a su esposa y se despidió de ella diciéndole que volvería tarde, a la noche. Ella, como una gatita mimosa le llenó la cara y las manos de besos.
Más alegre que de costumbre, bajó el camino cuando de pronto, sintió una caricia húmeda en los dedos. Se volvió para ver que era su perro. Hacía años, lo había rescatado de una perrera inmunda. Abandonado por unos miserables, el perro había vagado solo y malherido entre cubos de basura hasta que los vecinos se habían quejado por los destrozos y la basura esparcida.
Cuando el hombre había ido a verle a la perrera, el animal había lamido su mano con el mismo cariño con que ahora lo hacía y él no había podido resistirse a la tentación de comprarlo.
Acarició su pelaje canela y se dejó cubrir por sus babas. Luego, hizo un ademán para que éste se fuese, no había dado tres pasos cuando se dio cuenta que el perro le seguía.
Dirigió sus pasos a la cantina, seguido siempre por el perro. Se hallaba esta, a pocos pasos de su casa y allí solía encontrarse con los amigos de siempre para echar una partida al póquer. Se sentía más pletórico que de costumbre y deseaba compartir con ellos su bonanza: Se había casado con Guadalupe Sierra, la mujer más hermosa de México, tenía una casa, un perro, sólo le faltaban los niños.
Al entrar, reconoció a Porfirio Ávila, ayudante del Sheriff que apuraba con ganas un cigarrillo. Este, acarició a su perro y le dio felicitaciones por lo que todo el mundo sabía: Que era el hombre más afortunado del Paso.
Sonrió agradecido y halagado a la vez y entró en el local. Ya en la barra, pidió un trago de tequila y se sorprendió al ver que la cantina estaba casi vacía. Al preguntar al regente del establecimiento donde estaban sus compadres, éste le informó que aquella mañana no había venido nadie, excepto aquel al que todos llamaban irónicamente “Toro Sentado”, el indio con pocas luces que solía sentarse en una mesa apartada.
Observó que este, se hallaba como de costumbre embebido en su mundo, hablando con un acompañante imaginario.
Pasado un tiempo que a él le pareció eterno, pagó su consumición y se dispuso a partir con el perro pegado a sus talones.
Al salir, volvió a ver al ayudante del Sheriff que bajó el ala de su sombrero en señal de saludo.
No había avanzado tres pasos cuando sintió un dolor inmenso en la espalda. Luego todo se volvió negro para él.
Sobresaltado por los disparos. “Toro Sentado” salió corriendo y se encontró con el terrible espectáculo: un hombre mal herido y un perro que aullaba como un coyote.
Intentó auxiliar al herido pero se desangraba en sus brazos. Pidió ayuda a gritos y se topó con la sonrisa sardónica de Porfirio Ávila así, que para evitar crearse problemas dejó al hombre y al perro en la misma plaza en que los había encontrado y aguardó la llegada de la noche.
Toro Sentado cargó al muerto en su grupa y se lo llevo a casa del sepulturero. A pocos metros, le seguía el perro que parecía entender la oración apache que el indio iba murmurando.
Depositó el cadáver frente a su puerta junto a unas cuantas monedas. Sabía que no eran gran cosa pero serían suficientes para proporcionarle un entierro digno. Luego, golpeó la puerta y se marchó corriendo como alma que lleva el diablo.
Aquella noche, cuando el sepulturero abrió la puerta se topó de bruces con el fiambre. Miró a todos lados en busca de la persona que había dejado el bulto y suspiró con resignación al darse cuenta que había huido. De la cantina, llegaban cánticos de borrachos pero la calle, estaba desierta. Así pues, cogió las monedas del suelo y arrastró el cadáver por los pies. Había echado la primera palada de tierra cuando se preguntó por la identidad del difunto y llegó a la conclusión que quien quiera que fuese, no debía tener buenos amigos a juzgar por las heridas de bala que tenía en la espalda. Ni viuda, ni hijos, absolutamente nadie había venido a despedirle. Sólo el extraño que había huido dejándole ante su puerta y el perro color canela que lloraba sin consuelo. Para evitar el sufrimiento del animal, le pegó un tiro, colocó luego al animal al lado de su dueño y comenzó a verter tierra sobre ambos cuerpos.
Hacía frío. Una sensación de mareo y un vómito amargo le vino a la boca. Intentó inútilmente incorporarse. ¿Dónde estaba?. ¿Qué había pasado?. A aquellas horas, Guadalupe estaría esperándole, tan bonita como de costumbre, con un plato humeante de fréjoles. ¡Lupe!. ¡Su felicidad!.
¿Dónde estaba él?.
Un peso enorme le oprimía el pecho y por más que abría los ojos sólo conseguía ver oscuridad.
Estaba en un cubículo estrecho, de espaldas, sobre algo húmedo. Lo sabía porque no podía ponerse de costado, ni panza arriba y no podía levantar excesivamente los brazos.
De pronto, tropezó con algo gélido, con esa rigidez que sólo tiene la muerte. Dio un alarido de terror inmenso y sintió que la boca se le llenaba al instante de tierra..
Era demasiado terrible para ser verdad.
¡Le habían enterrado vivo junto a un cadáver!.
La idea de morir asfixiado en aquel lugar hizo que perdiese por un momento la poca cordura que le quedaba. ¡Tenía que salir de allí cuanto antes!.. Tal vez Guadalupe se extrañase por su tardanza y llamase al Sheriff. Debía tranquilizarse pues y esperar que alguien viniese en su auxilio.
De nuevo los nervios le asaltaron al pensar que tal vez no sería tan fácil. Rebobinó en su mente lo sucedido. Aquella tarde, había saludado a Porfirio Ávila y había entrado en la cantina. Una vez allí, había pedido tequila y se había sorprendido porque sus amigos no habían acudido a la cita. Luego había salido del local seguido de su perro y le había dicho nuevamente adiós a Porfirio. Sólo había tres personas en aquella aciaga tarde que podían haberle hecho aquello. Uno, era el regente de la cantina, un buen hombre al que conocía desde hacía muchos años, el otro, un hombre perturbado pero incapaz de hacerle daño a nadie. Había un tercero, el nuevo ayudante del Sheriff y eso significaba que estaba perdido.
¡Sáquenme de aquí!. Gritó con ojos desorbitados.- ¡Por favor auxílieme!. ¡Estoy aquí!. ¡Aquí abajo!.
Pronto llegó a la conclusión que por mucho que gritase no le oiría nadie.
Escarbó con las dos manos y lo dejó de pronto emitiendo un aullido: se había partido una uña. El dolor era inmenso aún así, con las uñas llenas de arena mojada y sangre seca, no cejó en su empeño.
-¡Un poco más!.- se decía cuando veía sus fuerzas flaquear.
A través del pequeño agujero se veía un trozo de cielo oscuro. Escarbó y escarbó con fuerzas renovadas pensando que ahora no era un buen momento para rendirse.
Y no se equivocaba. Había tenido razón al pensar que no había tanta tierra como parecía, sin duda, el sepulturero, había dejado el trabajo a medias para acabarlo al día siguiente.
-¡Bendito sepulturero!.- Se dijo.
Fuera hacía calor. Pasó sigiloso ante la cantina. Su primera idea, fue acudir a su casa, entre otras cosas para poner sobre aviso a Guadalupe que tal vez corría un grave peligro. ¿Qué oscuros motivos habrían movido a disparar a Porfirio Ávila?. No lo sabía.
¿Dinero?. ¡No lo tenía!. ¿Tierras?. ¡Tampoco!. Podía tratarse también de un ajuste de cuentas pero no conocía a nadie a quien debiese dinero.
De pronto, al ver la puerta entreabierta de la hacienda, se le vino a la mente el recuerdo del perro. Su perro, siempre salía a recibirle cuando llegaba a casa. Se dio cuenta entonces, que iba acompañándole pero:
¿Dónde estaba ahora su perro?.
Decidió que ya le buscaría. Antes, debía buscar a Lupe y contárselo todo. Aquella misma noche, cogerían su viejo Chevrolet y cruzarían la frontera. Tenía amigos, buenas influencias, le debían algunos favores.
La puerta de la casa estaba entreabierta y en el piso de arriba había una luz encendida. Su mujer, solía acostarse bastante temprano y apenas leía por las noches. Le sorprendió también escuchar música del viejo tocadiscos.
Pensó que su amada, preocupada por la tardanza, habría ya dado cuenta a las autoridades y no podría conciliar el sueño.
Una ráfaga de aire tórrido le golpeó la cara. El viento, agitó las cortinas de la casa y en el piso de arriba, alguien se apresuró a cerrar la ventana.
Subió con sigilo las escaleras y se detuvo en el último tramo para recobrar el aliento. Desde allí, le llegaba la voz ronca de un mariachi:
-Te vas porque yo quiero que te vayas.- Decía la canción.
Y entre medias se oía a una Guadalupe llorosa.
Pensó en abrir la puerta y sorprenderla con un beso, yacerían juntos toda la noche y calmaría así la inquietud de una mala noche. Estaba cubierto de barro y tenía un aspecto deplorable pero no había nada que no pudiese arreglarse con una buena ducha. Luego se lo contaría todo. O mejor no. Esperaría otro momento. Quizás mañana con los primeros rayos del Sol, cogerían el viejo Chevrolet y cruzarían la frontera.
-Le quiero.- Decía ella entre llantos.- ¡Le quiero¡
Su felicidad no le cabía en el pecho. Cuando abrió la puerta, el viejo tocadiscos seguía sonando. Al ver la cara del hombre que yacía con Guadalupe la sonrisa se le quebró en mil pedazos.
Allí mismo les mató a los dos y cuando toda la cama y las paredes se mancharon de su sangre se detuvo para contemplarse en el espejo.
Se había convertido en un animal, ya no era un hombre.
A la mañana siguiente, encontraron junto a los amantes el cadáver de un perro cosido a balazos.
martes, 14 de agosto de 2012
LA PEQUEÑA PIANISTA
Nevaba como nunca, Klaus contemplaba absorto como los copos de nieve se adherían al cristal creando figuras caprichosas. Afuera, debía hacer frío, mas eso no parecía preocupar a los pequeños que jugueteaban en el jardín ajenos a su mirada, mientras construían un enorme muñeco de nieve lo suficientemente grande y ridículo como para no pasar inadvertido.
Suavemente el libro que sostenía entre sus manos se fue deslizando yendo a parar sobre su regazo al mismo tiempo, el espejo le devolvía su imagen con la misma crueldad con que el verdugo decapita a su víctima.
Su pelo lacio, desgreñado, caía sobre sus hombros en una masa amorfa, tan nítida como la misma nieve que implacable cubría el paisaje que se perfilaba a través de los amplios ventanales. Su rostro cuarteado, macilento, dejaba entrever unos ojos carentes de brillo, sin vida, la triste sombra del mar tempestuoso, la mirada felina de antaño.
Ahora Klaus, contemplaba su propia imagen como si esta careciese de identidad, negándose a creer que aquellas manos temblorosas y torpes le perteneciesen. Llegaba un punto, en que nada importaba salvo la espera, la vieja cita con un oscuro fantasma que como siempre se demoraba.
Harto ya de su contemplación, intentó incorporarse y volvió a lamentarse como de costumbre por la maldita ciática.
Fue entonces cuando la puerta cedió con brusquedad y un bullicio infernal irrrumpió en sus oídos. Allí frente a él estaba su hijo, su nieto y un grupo de personas a las que jamás había visto pero, que a pesar de todo, insistían en conocerle.
Un hombre de facciones romas se acercó para estrechar su mano mostrando dos filas de dientes blancos, perfectos…
-¡Felicidades viejo amigo!- exclamó con fingida afabilidad.
-¿Habéis visto?. Pero si parece casi tan joven como entonces- Intervino una dama encorsetada a la que costaba reconocer bajo tantas y tantas capas de maquillaje.
La mujer le recordaba a uno de esos payasos de feria, vestida con aquel atuendo de colores chillones que tanto le había hecho reír cuando era niño.Afortunadamente, el tiempo le había enseñado a controlar sus emociones.
Por esta razón, su mirada no expresó otra cosa sino indiferencia y desidia a la par que contemplaba al hombre obeso con aspecto de banquero aburrido y a la caricatura que tenía frente a él, empeñada en atribuirle nombres de personas a las que jamás había conocido y lugares donde jamás había estado.
Otro rostro confuso se sumó a aquella algarabía.
-¿No me reconoces, Klaus? ¡Soy tu primo Hans.
Un joven apuesto de cabello dorado y elevada estatura se acercó al pobre primo Hans apoyando una mano sobre su hombro. Se trataba de Kevin, el hijo menor de Klaus que contemplaba a su progenitor con tristeza.
-No se da cuenta de quien eres, Hans-Y dirigiéndose a los invitados se excusó por él- Perdonen a mi padre. Su memoria falla. Son ya muchos años los que lleva cargados a las espaldas.
La mirada iracunda de Klaus le dejó paralizado y su voz se convirtió en un tartamudeo.
-¿Te crees que soy idiota, Kevin?- Le increpó con desdén.-¡Claro que les reconozco, lo que ocurre es que me duele la cabeza!
Un silencio doloroso se hizo entre los presentes. Nadie se atrevía a pronunciar palabra alguna y el único sonido que podía escucharse en la habitación era el insistente y tortuoso sonido de una mosca embistiendo contra el cristal de la ventana.
Como una bendición del cielo el pequeño Anker rompió el hielo tirando insistentemente de la chaqueta de su abuelo mientras imploraba.
-¡Abuelo! ¿Me dejarás jugar con tu colección de sellos antiguos?
Kevin frunció el ceño y tomó una botella de champagne del pequeño mueble-bar.
-¡Vamos Anker!. ¡Deja al abuelo!-Ordenó con voz suave pero autoritaria.
-Creo que Karen está ayudando a la cocinera a hacer un delicioso pastel de moras y grosellas. ¿Por qué no vas allí?
-¿De veras?- fue la respuesta del niño emocionado.
Y antes que pudiera responderle partiió como un vendabal arrollando a su paso una diminuta figura de porcelana.
Kevin contempló ensimismado la partida de su hijo sin percatarse de que Klaus también hacía lo mismo.
-¡Siento lo que ha hecho tu nieto!-dijo agachándose a recoger los trozos de porcelana.
-No te disculpes por ello. Y no tomes demasiado en serio mis comentarios. Ya sabes como soy. A propósito: ¿Donde está Ingrid?
-¿Ingrid? ¡Ah! ¡Está ahí!- Señaló entre los presentes a una mujer menuda de cabello pelirrojo que no cesaba de hablar y reír mientras sostenía una copa de champagne entre sus manos.
-¡Bebe demasiado!-Observó mientras tomaba un canape de caviar de la fuente de entremeses.
Kevin, sopesó sus palabras adoptando una actitud fría, distante. Tenía la mirada puesta en algún punto inexistente y todos los recuerdos agolpados sin orden ni concierto en su memoria.
Pensó en su antiguo sueño: convertirse algún día en un afamado pianista y compositor como su padre. ¿Qué era ahora?. Tan sólo un simple y frustrado ingeniero cuyo matrimonio comenzaba a resquebrajarse.
En cuanto a su hermana Elsa, su padre había logrado quitarle de la cabeza a aquel poeta bohemio y desharrapado para casarla con un hombre de negocios de porte austero y familia acomodada. El matrimonio duró tan sólo un año. Ahora Elsa, compartía una mísera buhardilla en Paris con un hombre aficcionado a propinarle brutales palizas y derrochar su dinero en cantinas y prostíbulos.
-En la calle debe estar helando- Pensó Klaus ajeno a los pensamientos de su hijo. A sus oídos llegaban emotivas canciones navideñas inundándolo todo con su alegría. El viejo compositor en cambio, sentía como el frío se calaba en los huesos y lo que era aún peor, en su propia alma, sin que pudiera hacer nada para evitarlo.
Todo era silencio, pero había algo turbio, sórdido en el ambiente, algo que no podía precisarse, como si todos los presentes a la vez pensasen en voz alta y Klaus pareciese oír entre aquellos murmullos:
-¡Viejo miserable!
-¿Te has fijado que despota?
-¡Hombre desnaturalizado! ¡Canalla!
-Pienso que deberíamos irnos. Estamos de más aquí.
Kevin le sacó de sus divagaciones arrastrando del brazo a una muchacha en la que Klaus ni siquiera había reparado.
-¡Te hemos traído una sorpresa!-exclamó laconicamente- Se llama Judith y es una joven promesa. Cuando la escuches sólo tendrás oídos para ella.
Klaus sonrió. La joven bastante retraída le recordaba en cierta manera a sí mismo, cuando tuvo que actuar por primera vez ante el selecto público de la ópera de Helsinki. Sus piernas flqueaban, el sudor perlaba copiosamente su frente, hasta el punto que su actuación hubo de ser suspendida por segunda vez debido al nerviosismo del joven músico.
Mas afortunadamente, una vez en el escenario, el calor de los aplausos del púlpito le infundieron el suficiente ánimo para interpretar su debut como compositor: ” La Dulce Melodía “
La actuación fue un auténtico éxito y se recordaba a sí mismo leyendo las críticas de cuantos periódicos caían en sus manos.
En ellos se decía en grandes titulares:
“Una intervención magistral” “Joven músico danés promesa del año que comienza” “Klaus Nigelson emprende una gira por Hamburgo”. ” La Reina ha dicho: Es simplemente sublime, extraordinario”
Klaus observó las manos de la joven. Era el primer detalle en el que siempre se fijaba cuando conocía a una persona. Las manos son el espejo del alma, se decía y debía de haber algo cierto en su filosófica reflexión.
Había manos toscas y rudas, estropeadas por el trabajo, incapaces de otra cosa sino de pegar zarpazos sobre un teclado. Las había declicadas, temblorosas e incapaces de canalizar su fuerza interior adecuadamente.
La joven que tenía ante sí parecía pertenecer al último grupo; manos blancas, cuidadas, dotadas de largos y elásticos dedos, manos que se movían como mariposas moviendo nerviosamente sus alas en el aire.
-Es un placer-sonrió estrechando su mano-Espero no defraudarle.
Klaus miró sus ojos, eran bonitos y almendrados. ¿Temía defraudarle? ¡Bueno! eso se vería, tenía que estar a la expectativa, probablemente si ella interpretase la Sinfonía Inacabada de Bethoven a él le gustaría.
-¡Bueno!- Les interrumpió Kevin-¿Cuando empezamos? ¡Ahí está el piano Judith!. Es todo tuyo.
Los comensales tomaron asiento y guardaron silencio mientras la joven se esforzaba en aportar inútilmente su propio genio a una de las obras más bellas y sublimes que ha dado fruto la historia de la música.
Pero el famoso: “Para Elisa” sonaba vacío en aquellas manos inexpertas. Le faltaba espíritu, le sobraba fuerza. Tal vez si la joven lograse dar rienda suelta a sus emociones dotando a todos y cada uno de sus dedos de vida independiente podía brillar en el futuro con luz propia.
Tal como era ahora los críticos, hienas hambrientas, acabarían despedazándola con sus comparaciones: Toca el maestro…” Opinarían los mejores, en cambio los más crueles no tendrían piedad: “Ni siquiera cuando intenta emular a las grandes glorias de la música lo consigue”
En un telón de fondo se entremezclaban con sus pensamientos los rumores.
-¿Te has fijado? ¡Pobre hombre no es ni la sombra del genio que un día conocimos.
-¡Es natural!- Intervino otro invitado-Su salud empeora, no en vano los años pasan.
Otra voz extrañamente familiar sonó imperiosamente.
-¡No has debido obligarme a venir aquí!
-¡Cállate!-Le ordenó la otra voz-¿Es que no ves que puede oírnos?
-No importa. ¡Quiero ofrecer un brindis al hombre más déspota y miserable que jamás he conocido! ¡Por usted Señor Nigelson!
Kevin contempló a su esposa con dolor.
-Será mejor que nos despidamos Ingrid, estás completamente borracha.
-¿Borracha, yo? ¡Oh, Kevin! ¡Por favor!
La copa y su contenido se vertió por el tapizado de una silla estilo Chippendale, mientras Ingrid se avalanzaba hacia la puerta sin poder por más tiempo retener su llanto.
Judith apartó entonces sus manos del piano y con ojos ingenuos preguntó:
-¿Qué está pasando?
-¡Toca!- Ordenó Kevin.
-Pero…-dudó la joven
-Te he dicho que sigas tocando. ¿es que no me has oído?
El sudor perlaba la frente del viejo Klaus que contemplaba impotente la escena. Recordó entonces sin saber porqué a su pequeña Marie, con sus piernecillas colgando del taburete mientras él trataba de enseñarle sus primeras lecciones de solfeo.
La pequeña hubiese sido una fantástica pianista si un terrible y ridículo accidente no hubiese malogrado su vida a la tierna edad de nueve años.
Aquello fue su fin como músico y como padre. Las cosas jamás volvieron a ser como entonces.
Klaus intentó levantarse del sillón mas el dolor punzante que atenazaba sus piernas le impidió dar un solo paso.
-No es necesario que trates a Judith de esa forma- Le amonestó.
-¡Ahora no, padre!- Gritó Kevin con amargura- Y usted vieja bruja: ¿Qué diablos está mirando?
-¡Kevin, por favor! ¡Perdone, señora, no haga el menor caso a mi hijo! Esta noche todos hemos abusado del champagne y los ánimos se han exacerbado.
Y luego, dirigiéndose a su hijo trató de excusarse alegando que no tenía intención de que la cosa llegase a esos extremos.
-¡Claro que sí!-Le recriminó-Todo el mundo estaba hoy aquí para intentar agradarte. ¿Y que has hecho? ¡Despreciarnos a todos! Es evidente que tu familia te desagrada, incluso tus amigos no son para ti más que personas desconocidas que vienen a degustar tu champagne, comerse tus canapes y oír a esta ridícula y estúpida pianista-dijo señalando a Judith.
-¡Basta!- Gritó por primera vez fuera de sí-¡Márchense! ¡Márchense todos! ¡Fuera de mi casa!
Anochecía, la oscuridad se filtró dolorosamente entre los claros cortinajes. Afuera, debía hacer frío, y la mecedora se movía impaciente dibujando en la penumbra la silueta de un anciano que hacía tiempo esperaba una cita a la que ansiaba y temía.
Era navidad, los últimos sones de los villancicos hacía horas que se habían extinguido en las callles. Dentro de los caldeados hogares las familias se reunirían alrededor de una chimenea o en torno a una mesa donde comerían y beberían copiosamente fingiendo sus odios o afectos.
Kevin no vendría. Hacía años que sus relaciones se habían enfriado sin que hubiese acontecido disputa alguna. Por tanto la idea de una fiesta sorpresa y lo que en ella había acontecido sólo era fruto de su desbordada imaginación. La soledad es un monstruo de afiladas garras que hace que el ser humano sienta frío, un frío que no es físico sino espiritual, algo, que cala más hondo que en los huesos.
Klaus había tenido muchos años para imaginar. El tiempo no tiene medida, lo que para el reloj quiere decir una hora, para un viejo compositor derrotado puede significar una eternidad llena de sufrimiento.
La sala volvía a llenarse de luces. Kevin le estrechaba entre sus brazos, mientras Ingrid sonriente acariciaba sus canos cabellos.
-¡Te queremos Klaus!
Cuan difícil resultaba discernir las fronteras entre la fantasía y la realidad.
El pequeño Anker sostenía entre sus manos un pequeño plato con una porción de tarta de grosellas.
-¿Me conoces, Klaus? ¡Soy tu primo Hans!
Y entonces, sin previo aviso, todos desaparecieron de escena y alguien o algo acarició sus sienes con dulzura.
Ella estaba allí tal y como él la recordaba. Su pequeño y frágil cuerpecillo se había aposentado en su regazo cubriéndole de besos y caricias.
-¡He venido a buscarte!- Susurró- Esta vez no habrá interrupciones. Yo seré tu único público y tú volverás a tocar para mí “ La Dulce Melodía ”
-¡Marie! ¡Mi Marie! ¡No es posible que estés aquí! ¡Nadie me quiere! ¿Has visto? ¡Es navidad y nadie ha venido a verme!
-Yo sí te quiero- respondió Marie con sencillez- Para mí eres el mejor, el único. Yo te llevaré a un lugar donde reina una música apacible. Allí estaremos de nuevo juntos. Esta vez nada ni nadie podrá separarnos.
La luna brillaba en un cielo cuajado de estrellas.
En la oscuridad de su habitación, Klaus buscó en los dulces y angelicales ojos de su pequeña pianista.
jueves, 9 de agosto de 2012
LA TIERRA INTERIOR
Dedicado a Yirleana y Yirleza en la lejana Colombia.
Dos estrellas lejanas y cercanas…
PROLOGO
En mi sueño, navegábamos en una balsa de juncos. Era de noche, había buena luna.
De pronto, se hizo el silencio ante un extraño zumbido.
-Es una serpiente gigante- Gritó Truébano- Lo sé por la espuma que despide.
Antes que pudiese terminar la frase se produjo un impacto terrible y nuestra balsa quedó hecha un amasijo de astillas.
Ese sueño, se repetía casi todas las noches y yo, evitaba cerrar los ojos por temor a volver a la pesadilla.
NAVELGAS
Fue en aquel tiempo cuando Negueira, la reina Oscura, instauró su imperio de terror en la Tierra Interior. Entonces, sucedería algo que cambiaría el rumbo de la historia.
En silencio, aguardábamos la llegada del mensajero.
Cuando el Sol comenzó a declinar, le vimos aparecer cojeando tras una duna. Tenía la estatura de un pequeño niño y cargaba al hombro un hatillo harapiento.
El extranjero se detuvo ante nosotros y sin mediar palabra nos tendió la carta.
Venía ésta firmada por el mago Latores y en ella se nos hablaba de un extraño país: “EL país de la gente Menuda” lugar al que debíamos dirigirnos en busca del objeto mágico con que derrocar a Negueira e instaurar la paz en los clanes.
El citado objeto, estaba en poder de un ser vulgarmente conocido como “El Sagrado” y nadie le había visto nunca.
El hombrecillo nos miraba ahora con ojos expectantes. En su tez oscura y apergaminada destacaban unos rasgos aniñados y una nariz descomunal. Vestía a la manera de los trasgos y sin embargo, no era un trasgo.
-Supongo que tú eres nuestro guía- quise saber-¿Cómo te llamas?
-Navelgas- Musitó-Me llamo Navelgas.
-Navelgas- Repetí con suavidad-¿Por donde debemos empezar a buscar?
-¡Es fácil!- Sonrió el pícaro- Yo vengo de allí. En mi país corren bulos sobre un ser muy sabio. Incluso para nosotros, los Elementales, es todo un misterio. No sabemos donde vive ni cuál es su verdadero nombre. Pero no es una quimera.
-Yo soy Alesga, sacerdotisa del Oráculo Eterno- Me Presentí y señalé a mis amigos:- Estos que ves aquí son Vidayán y Truébano. Espero que lo consigamos- Le miré esperanzada.
-¡Bueno!- Farfulló- ¡Eso se verá!
Sin querer pensé en el Oráculo Eterno. Mi infancia había transcurrido en aquel bastión amurallado donde me inicié por vez primera en las Artes Mágicas.
Me habían enseñado a no menospreciar la magia. La Magia, como decía mi instructora radica en el interior de nosotros mismos y no existe nada capaz de igualarla.
La voz chillona de Navelgas me devolvió a la realidad. Eso me recordó que debíamos regresar al campamento.
A pesar de su cojera, Navelgas se movía con una agilidad pasmosa. Pero fue a través de la noche cuando le fui conociendo mejor. Su punto débil era su sombrero, que como nos explicó, era su medio de transporte mágico, imprescindible para hacerse visible o invisible ante los humanos e ideal para localizar tesoros ocultos.
Al despuntar los primeros rayos del sol, ensillamos los caballos y nos pusimos en marcha. Antes de partir, los gaiteros nos deleitaron con una melodía triste de esas, que encogen el corazón cuando las escuchas. El pueblo entero se deshizo en muestras de afecto y frases esperanzadoras. Pero: ¿Volveríamos a vernos?
Tal vez, pero había empezado a llover de forma copiosa. Lejos quedaban las cabañas de Limes con sus banderas rojas ondeando al viento.
Nuestros caballos enfilaban ahora por serpenteantes gargantas y desfiladeros escarpados. A pesar del vértigo, contemplamos fascinados el bello paisaje que se abría ante nosotros.
Allí estaba la increíble e inconmensurable Madre Naturaleza que hacía brotar flores en los riscos más inaccesibles. Bajo la vegetación exuberante, fluía el agua limpia de los arroyos creados con el deshielo pero a medida que descendíamos, el terreno se volvía menos abrupto y la pendiente se iba suavizando.
Acabamos cerca de un río de poco caudal. Allí donde este se ensanchaba, apreciamos que la corriente era más bien lenta y de agua turbia.
-¡Bajemos aquí!- Ordenó excitado Navelgas.
-¿A dónde va el enano, Alesga?- Protestó Vidayán enfurruñado.
-No tengo la menor idea- Le miré sorprendida pensando en voz alta.
Nos dispusimos a seguirle en su precipitada carrera. Navelgas señaló la hierba y dijo entonces:
-¡Han estado aquí!
-¿A quién te refieres?- Preguntamos al unísono.
-¿A quién voy a referirme? ¡Ah, claro! Olvidaba que sois humanos y que la mayoría de vosotros no podéis verlas. ¿Veis en la hierba estas pisadas diminutas en forma de círculo? Pues esto, es un anillo de silfo y quiere decir que las hadas han estado bailando aquí, hace muy poco.
Se agachó para examinar algo y salió triunfante con una seta tras los arbustos.
-¿Qué es eso? –Arqueó Truébano las cejas con desconfianza.
-Una amanita muscaria- Le dije quitándosela de las manos al enano- Se trata de una seta muy venenosa, sin embargo, en pequeñas dosis produce efectos muy extraños que permiten la entrada a otros mundos.
-¡Ah no! -Replicó VIdayán comprendiendo adonde el enano quería ir a parar- SI ese estúpido piensa que yo voy a tragarme esa cosa va listo.
-¡No digas tonterías!- Farfulló el enano-¿Y como si no ibas a entrar en mi tierra, el país de la gente menuda?
TIEMPOS DE ABUNDANCIA
De pronto, al morder la seta, perdí toda percepción de la realidad y caí sin rumbo ni dirección en aquel mundo mágico.
Los colores cobraron viveza a mí alrededor a medida que caía por un túnel en forma de espiral. Las luces desfilaban formando arabescos a la vez que mi cuerpo caía cada vez más y más abajo. Me tranquilicé pensando que eran los efectos de la seta mas podía sentir la tibieza de nuestras manos sosteniéndonos e impidiéndonos caer en aquel abismo.
Cuando abrí los ojos me encontraba nuevamente en un bosque pero ya no era el mismo, algo había cambiado. VIdayán se tocaba aturdido la cabeza y Truébano yacía aletargado en la rivera del río.
-¿Dónde estamos?-Balbució.
-Es un brugh- Navelgas recorrió maravillado el lugar con sus ojos- ¡Bienvenidos al país de la gente menuda!
Tuve que reconocer que Navelgas tenía razón. Estábamos en un bosque sí, pero no el mismo.
Los árboles frondosos filtraban una luz pálida, mortecina. Los había de todas clases: acebos, cerezos, encinas, cipreses…
Fue en un roble milenario donde la oímos llorar. Su llanto sonó al principio como el de una niña desvalida. Apoyada en el roble, una mujer menuda vestida con telas de araña ayudaba a otra que se hallaba en cuclillas.
-¿Qué le está haciendo?-Preguntó Vidayán con ojos inocentes.
-Tú sí que eres torpe- Protestó Navelgas- Mucho músculo pero al final un cerebro de mosquito. ¿Ah? ¿Pero no ves que es una comadrona?
La que estaba en cuclillas lloraba sin consuelo. Mientras, la comadrona que la ayudaba a traer a su hijo al mundo intentaba calmarla susurrándole palabras dulces.
Me dispuse a ayudarlas pero la que ayudaba en el parto declinó mi ofrecimiento y me indicó que si en verdad quería ser útil a la madre y al recién nacido, le acercase una NO DUELAS MÁS.
-¿No duelas que…?- Repetí atónita.
Señaló entonces una flor azulada que crecía al borde del camino. Cuando se la tendí, ella la tomó entre sus manos diminutas e hizo que la otra mujer masticase los diminutos pétalos.
La mujer en cuclillas comenzó a sentir los efectos analgésicos de la flor. Con gran sorpresa por nuestra parte, vimos aparecer la cabeza de un diminuto ser entre sus piernas, que una vez vio la luz, aleteó torpemente sobre nuestras cabezas.
Endriga, como así se presentó la comadrona, contempló alborozada el vuelo del pequeño ser que había ayudado a traer al mundo.
Su sonrisa era la de una niña. Observé que no tenía alas como la mujer a la que había asistido.
Me dijo que en realidad, no las necesitaba. Las alas en las hadas, como me explicó más tarde, son órganos inútiles, algunas nacen con ellas y otras no, pero todas tienen el don de volar.
No se sabe de dónde, comenzaron a surgir mil golondrinas. Volaban en formación de V y Endriga que conocía su lenguaje me traducía lo que decían pausadamente.
-Me cuentan que es imposible regresar al lugar en que nacieron.
-¿Y eso por qué?
-¡Bueno! ¡Es lo que siempre sucede! En vuestro mundo los hombres talan los árboles y ellas cada vez tienen menos espacio. ¿Te haces una ligera idea de lo que eso significa no sólo para ellas, sino para nosotros, las pequeñas e invisibles criaturas del bosque?
Asentí y le pregunté sobre sus ciudades, le pregunté si era verdad lo que contaban de ellas y si eran tan bonitas como decían.
Ella, puso un mohín de disgusto y se posó en mi hombro jugueteando con un mechón de mi pelo.
-¡Que bah!- Exclamó- Cada uno cuenta la historia como le parece. En realidad cada persona percibe de un modo distinto nuestras ciudades. ¿Te gustaría ver una de ellas y sacar tu propia conclusión?
Y así fue como conocí su mundo. El brillo de su ciudad nos cegó de repente. Era la suya una ciudad completamente construida en oro. Las fachadas lucían enrejados de filigrana tan fino que sin duda no habían sido construidos por seres humanos pues se necesitarían unas manos y unas herramientas tan diminutas que dudo existieran en el mundo real.
Enclavada en el corazón del bosque la recorría un río tranquilo.
La más hermosa música de flautas invadió el ambiente.
Ellas y ellos, giraron a nuestro alrededor como luces tornasoladas. Subían, bajaban, se sentaban en las piedras para observarnos. Todos ellos cantaban himnos que no acertábamos a comprender pero que no debían de hablar de otra cosa que no fuese belleza, sentimiento, bondad…
Las gentes eran como nosotros o sería más exacto decir que nos imitaban.
Los había de todas las edades y clases sociales y también había perros y gatos diminutos. Algunos personajillos pasaban a nuestro lado esgrimiendo papeles en sus manos y comentando lo atareados que estaban. Otros se emborrachaban y miraban su brújula estropeada. Algunos, los más osados, se batían en duelos con diminutas espadas en los que no moría nadie.
Los más jugaban. Jugaban a ser reyes con sus vestidos rimbombantes haciendo ostentación de todo su oropel, complacidos con halagos y reverencias. Los había también que dormían en cualquier sitio: una hoja, un gusano, porque sin duda eran perezosos y cualquier lugar les sentaba de maravilla. No podían faltar tampoco aquellos que soñaban el mundo o el mundo les soñaba a ellos y para demostrar que así era, lanzaban discursos enardecidos a unos cuantos sufridores.
Flotábamos ahora entre baldosas de colores interrumpidas por tramos de hierba. En las intrincadas callejuelas, una vieja hilandera afilaba su rueca, un alfarero daba el último acabado a un ánfora y una diminuta vendedora de verduras regateaba con un cliente exigente.
Ajenos a ellos, nosotros bailábamos cogidos de las manos alrededor de una hoguera hasta que el sonido de las flautas se apagó de modo gradual.
Pero no todo fue entusiasmo…
Al amanecer, Endriga nos despertó a trompicones. Nos frotamos los ojos adormilados y contemplamos el paso de un curioso cortejo fúnebre. Cargaban en sus hombros el cuerpo de una muchacha diminuta con un vestido totalmente tejido con hojas. La cascada de su cabello relucía como el sol y en su rostro se dibujaba una débil sonrisa.
Endriga se llevó un dedo a la boca en señal de silencio y nos contó que la muchacha iba al encuentro de su alma grupal.
Nunca imaginé que las hadas pudiesen morir, al contrario, siempre pensé que serían inmortales. Como después supe, las hadas son muy similares a nosotros, los humanos. Nacen y mueren como nosotros, son felices mientras las cuidamos pero mueren de tristeza con nuestro olvido.
Aquella que Endriga me presentaba había caído en desgracia. Sus días habían terminado porque, según me informó, había sido pertenencia de un niño que al hacerse mayor, se olvidó de soñar.
Ahora retornaba a su alma grupal. Al elemento agua del que había nacido en espera de alguien que la rescatase del olvido.
Aquello era peor que la muerte y sin embargo, sonreía.
-Para ella- Susurró Endriga- Es un proceso más, un alto en el camino. Ella no deja de existir totalmente sino que se transforma en el aire o en las diminutas gotas de agua que forman el arco-iris.
La arrastraron hacia el río entre un montón de hermosos mancebos. Luego, el que parecía ser el maestro de ceremonias. Tomó en sus manos una antorcha e incendió la balsa que partió hacia la lejanía río abajo.
Aquella noche soñé que volaba junto a Endriga por encima de árboles y nubes. La noche estaba cuajada de estrellas. Mi amiga abrió las manos diminutas llenas de gotas de lluvia dejando escapar un pequeño arco-iris de ellas.
Bajamos allí donde la corriente del río es más peligrosa y al oírla de nuevo, pensé que sólo era el ruido del viento repitiendo lo que estaba en mi imaginación.
-¡Tengo que darte una cosa!-Me dijo con un tono tristísimo.
Llegue junto a ella en el mismo momento que sacaba de su vestido de tela de arañas, un envoltorio que puso suavemente en mi mano. Al preguntarle que era, lo desenvolvió ella misma con exquisito cuidado. Se trataba de una reluciente barra dorada de textura similar a la resina.
-¡No puedo dárselo a nadie más! Dicen que con esta cosa puedes conseguir que regrese un ser querido pero que con los muertos no sirve. Me gustaría que alguien lo emplease en la dimensión de la que procedes para traerme de vuelta pero yo, hace años que he muerto y no tengo a nadie que me recuerde.
-Si quieres- Le dije repentinamente- tal vez yo pueda frotar esta diminuta barra y devolverte a tu mundo.
Aquello pareció asustarla.
-¡No! ¡No!- Suplicó- Como te digo, yo ya no pertenezco al mundo de los mortales y puede que necesites este oro en tu largo viaje. Sobre el sagrado, ese ser que buscas, tan sólo sé que vive en soledad y rehúye a las gentes. Puede que se trate de ese ermitaño blanco llamado Niévares, aunque ese no parece de fiar y no estoy segura que sea el que buscáis.
-Me temo que esto es una despedida- Dije
-Me temo que sí- Me confirmó.
El ruido de unas pisadas me devolvió a la realidad.
Endriga había desaparecido y yo aún aferraba en mi mano el oro de las hadas. Pero no había despertado. El efecto de la seta continuaba y todos excepto Navelgas, estábamos en una tierra hostil, como en un sueño dentro de otro sabiendo que nuestros días estaban contados y que moriríamos antes de alcanzar la cumbre.
Ahora, cabalgábamos sin rumbo fijo a través de una tundra helada con la vana esperanza de hallar el rastro del ermitaño, Nievares, al que se había referido Endriga.
Cuando más desfallecidos andábamos, se unió al grupo un nuevo miembro. Se trataba de Argolibio, un simpático nomo que vagaba perdido al igual que nosotros......
Argolibio intentó ganarse nuestra amistad compartiendo los pocos víveres que tenía y mostrando orgulloso las armas y joyas que había fabricado con los metales extraídos de la mina. Orfebre y minero de profesión, había dejado en su pueblo a una mujer dulce y buena que le había dado mucha descendencia y a la que había dejado por buscarse a sí mismo.
Al principio, fue acogido de buen grado. Llevábamos varios días sin ver a nadie pero cuando los víveres comenzaron a escasear, cundió el desánimo y su presencia resultó ser una carga molesta.
Al cabo de unos días, todos comenzaron a odiarle hasta el punto que Vidayán y yo debíamos montar guardia para evitar que los otros intentasen matarlo.
A veces en las frías noches, montado en su pony, buscaba un rincón apartado para tocar su violín. Luego regresaba al grupo con su eterna sonrisa jovial y entonces le decía a Vidayán, su único amigo:
-�Ven aquí fortachón y dame un trago de tu cantimplora!.
Galopaban juntos ligeramente separados del grupo y hablaban de sus pueblos, sus respectivas esposas e hijos. Y entre frase y frase dejaban escapar largos suspiros.
Al cabo de unas semanas, la situación empeoró y todos, hasta los más optimistas, comenzamos a tener grandes dudas sobre la existencia de Nievares. Los caballos hundían sus pezuñas en una capa de nieve de grueso espesor que dificultaba la marcha. Habíamos perdido dos de ellos y ahora, debíamos turnarnos para continuar a pie, avanzando muy despacio ya que en algunos de nosotros habían aparecido los primeros síntomas de congelación.
Vidayán a estas alturas estaba muy mal...
Argolibio, el pequeño nomo, cuidaba de su amigo como un animal cuida a su cría. Pero Vidayán a pesar de todas las atenciones se moría...
-ï-Seguid vosotros sin mí!.- Suplicó dejándose caer al suelo.- Estoy muy cansado. Soy muy lento y no hago más que entorpeceros. ïSeguid adelante que ya os alcanzaré!.
-ï-Ni hablar!..- Protestó el nomo.- Lo dices porque crees que eres una carga pero tú eres mi único amigo aquí y los amigos van juntos siempre.
-Esta vez no Argolibio.- Dijo Vidayán con lágrimas en los ojos.
Truébano y yo quedamos en silencio contemplando sus manos. Las tenía como el rostro, azules, rígidas y llenas de ampollas. No las sentía, en cambio sí decía notar un fuerte dolor en las piernas. Al retirar los vendajes, comprobamos el olor fétido y el mal aspecto de las llagas. El torniquete había resultado inútil.
-ïNo!. ïNo puede ser!. ïGritó Argolibio horrorizado.- ïMirad!. ïTiene gangrena!.
Truébano, el guerrero, habituado como estaba a ver la muerte tan de cerca parecía no encajar el golpe. Me culpaba de no utilizar mi magia y de no haber hecho lo suficiente por salvar su vida.
Le dije que lo había intentado todo y repliqué que solo era una maga, no una bruja.. Aveces ni siquiera la magia puede contra la poderosa Muerte. Entonces Vidayán comenzó a maldecir. Amenazó con asesinar con las pocas fuerzas que le quedaban al primero que intentase auxiliarle o mostrase el más leve signo de lástima.
Ninguno de nuestros argumentos fueron suficientes para convencerle de que no era una carga.
Aquella fría mañana, muertos de dolor, le abandonamos a su suerte en el desierto blanco. Se llamaba Vidayán, era el más noble y valiente guerrero que jamás he conocido. Murió sin sepultura, como tantos heroes, sin honores pero en el vivo recuerdo de aquellos que le amaron.
Días después, apareció la primera pisada, prueba inequívoca de que Nievares existía. Las huellas gigantescas fueron aumentando en número, desapareciendo en algunos tramos, como si alguien se esforzase en borrarlas y reapareciendo a escasos metros. Indicaban la presencia de un homínido de gran estatura y peso descomunal. Por la enorme presión ejercida dedujimos que caminaría en posición erguida apoyado en sus talones.
No fue difícil encontrar la gruta porque todas las pisadas conducían allí. Así que permanecimos a la espera sin atrevernos siquiera a respirar.
Un homínido de pelaje blanco y espeso, apareció en pie sobre la gruta.
Navelgas y Argolibio corrieron asustados y Truébano desenfundó su espada y se puso en guardia.
La bestia corrió a nuestro encuentro con un aullido tan desgarrador que incluso el valiente guerrero se hizo a un lado sobrecogido.
Aquel ser que podría despedazarnos de un solo zarpazo se detuvo en seco.
-ïQuiénes sois?.- Bramó
-Las hadas.- Tartamudeó Navelgas.
-ïQué pasa con ellas?
-Las hadas nos hablaron de ti.- Tartamudeó Navelgas.- Dicen que tal vez seas tú el sagrado.
-Yo solo soy el ermitaño, el guardián de las puertas del mundo subterráneo. ¿Y porque había de ser yo el que buscáis?. Si quisiera os comería ahora mismo. Hace muchos días que no me alimento.
Ante estas palabras el imprevisible Argolibio abandonó su seguro refugio y le plantó cara. Los golpes que le daba el pequeñín no parecían afectar a Nievares que lo cogió con su enorme mano y le izó ante sus ojos.
-ïcurioso!.- Exclamó el homínido moviéndolo de izquierda a derecha para verlo mejor. Luego, perdido el interés lo depositó en el suelo y preguntó con voz cansina:
-ïY Por qué razón buscáis al sagrado?.ïBueno, mejor no me lo digáis que prefiero no saberlo!.
Nievares se alejó corriendo hacia la peña en que le vimos posado por vez primera. Se quedó allí parado durante largo tiempo sonriendo de un modo maléfico. Luego, hizo un gesto que parecía un adiós y tal y como había aparecido, se esfumó...
RETORNO DE UN FANTASMA.
Estábamos ante la gruta cuando nos sobresaltaron unos ruidos intermitentes. Aquellos golpes secos parecían brotar de las mismas entrañas de la tierra.
-ïAllí!.- Señaló Argolibio.- ¿habéis visto eso?
Al parecer, en la oscuridad, creyó ver una cara diminuta. Cuando se había girado para comprobar que no soñaba, el propietario de esta había echado a correr gimiendo como un alma en pena.
Navelgas rió a carcajadas ante el miedo de Argolibio
-ïCaramba pequeñín!. Dijo sin parar de reír.- ïNo te asustes por eso!.-.- Has debido ver a un Doira, uno de esos ayudantes de los Maestros Golpeadores.
Recogió del suelo su hatillo, su candil y su pala y seguimos su gordo trasero hacia el interior de la cueva. Era mucho más profunda de lo que habíamos adivinado y con un terreno muy resbaladizo.
El doira, o ayudante, como lo había llamado Navelgas se asomaba de cuando en cuando para hacernos saber que no quería perder el contacto. Tenía una cabeza desproporcionada en un cuerpo pequeño y peludo y lucía unos horrorosos incisivos. No obstante, en aquel pequeño monstruo había algo parecido a la ternura. Eso me hizo recordar que hace mucho tiempo, cuando aún era una niña, escuché una leyenda sobre estos ayudantes. Los Maestros Golpeadores los utilizaban para localizar vetas de oro y plata y como aviso de los lugares donde se producían derrumbes. Los Doiras habían sido siempre criaturas huidizas olvidadas por los dioses que ofendidos ante tanta fealdad les habían condenado a vivir en el mundo subterráneo.
-ïMirad!. ïGritó entusiasmado Navelgas.- ïAllí!. ïAllí se ve una luz!.
El doira había desaparecido a través de una galería de la que surgía una luz amarilla intensa. Seguimos la luz como niños perdidos.
La luminosidad procedía de mil candiles, los candiles que utilizaban los duendes mineros o maestros golpeadores. Sus gorros eran de un rojo encendido y sus delantales de cuero marrón. Clavaban sus picos en unas vetas de mineral. Al parecer habían encontrado oro y estaban muy animados.
Alguien entonces reclamó mi atención. No lo vi hasta que lo tuve delante y por sus dotes de mando intuí que debía ser el jefe de los Maestros Golpeadores: gordo, mofletudo, con un delantal distinto al de los otros y acompañado por dos esperpénticos doiras.
-ïSígueme!.- dijo sin titubear.- ïBuscáis al sagrado y quiero hacer algo por vosotros!.
-¿Quién te lo ha dicho?.- Pregunté sorprendida.
-ïQuién me lo iba a decir!.- Replicó indignado.- Aquí en la tierra interior las noticias vuelan. Pero: ïVas a quedarte ahí parada o vas a seguirme?.
Me condujo a través de intrincados pasadizos. En aquella encrucijada, mi extraño acompañante caminaba con total seguridad como si pudiese recorrer el camino con los ojos vendados. Pero al parecer alguien más nos seguía pues de cuando en cuando sentía ruidos de pisadas a mi espalda.
-ïNo te preocupes!.- Me tranquilizó el Maestro golpeador. ïEse sonido no es más que el viento que se cuela por las grietas!.
Llegamos a un templo maravilloso de estalagmitas y estalactitas de colores y a un lago interior sobrevolado por mil criaturas celestes del tamaño de una mosca con todos los atributos de las personas pero a tamaño reducido.
-¿Te gusta?.- Inquirió el Maestro golpeador.
-Sí. ï Respondí.- Es maravilloso.
Uno de los ayudantes rió sin ruido alguno con la boca totalmente desencajada.
-ïLe gusta! ïLe gusta!.- Paladeó el otro con suavidad.
-ïVen!.- Ordenó el duende minero.- ïQuiero enseñarte algo!.
Me mostró una de las paredes de la gruta. Eran pinturas. Pinturas que mostraban todo lo acontecido y que ocupaban más espacio del que mis ojos podían abarcar.
-ïFascinante!. ïVerdad?.- Manifestó con orgullo.
-Sí. Sí. Fascinante, sin duda.- Corroboré.- Pero: ïDónde está el sagrado en todas estas pinturas?
Me señaló una que mostraba la imagen de una mujer de cabellos negros que rozaban el suelo-Este es el único retrato que poseemos de la Maléfica Negueira.- Me dijo.- Ahora que es sombra, pero cuando ella era luz, todo era distinto. Por aquí corren leyendas que dicen que su parte buena reposa en algún lugar. Cuando ese momento llegue, cuando alguien nos la devuelva, el mundo dejará de ser subterráneo y todos, incluidos los doira, dejaremos de vivir en la oscuridad de la tierra.
El Maestro golpeador me condujo nuevamente adonde continuaba la extracción. Volvíamos a estar en el centro de trabajo. Allí miles de doiras recogían trozos de mineral y piedras preciosas para entregárselos a Ujo, el cíclope que golpeaba la forja.
Los días de Ujo habían transcurrido en el interior de un templo: La hermandad de los Perluces. Estos benefactores, habían recogido al huérfano y le habían instruido en el arte de la orfebrería y la forja. Y ahora, prestaba temporalmente sus servicios al mundo subterráneo.
-¿Qué fabrica?.- Pregunté interesada..
-Ya está casi terminada.- informó uno de los duendes mineros.- Está forjando una espada. Nosotros la vamos a llamar “La Invencible”.
En el suelo rodeando a los trabajadores miles de gemas hacían refulgir la cueva con sus brillos.
-En el centro de trabajo.- Explicó el Jefe Golpeador dándose importancia.- Fabricamos armas para dioses y también joyas. Las piedras son recogidas por los doiras sobre la base de su rareza, brillo, color y pureza pero el éxito del tallado depende únicamente de Ujo, que es quien se encarga de limar imperfecciones y realzar las características de la gema.
Nos enseñó ahora una piedra de un raro color azulado:
-ïhermoso!. ¿Verdad?. Se llama Hope que quiere decir esperanza en el lenguaje de los mortales y es el diamante más antiguo que existe. Esta maravilla fue robada al mundo subterráneo y trajo a la desgracia a todos los que la codiciaron. Afortunadamente, regresó con nosotros. ¿Podríais hacer lo mismo con Negueira?
-ïTal vez!.- Dijo Navelgas.- Aunque es una empresa difícil.
Todos escuchaban atentamente al Jefe Golpeador, yo en cambio, no podía apartar la miraba de Ujo. Ujo que calentaba al fuego una pieza de metal y le daba forma a golpe de martillo. Ujo que en algún momento me devolvió la mirada de su único ojo y que extrañamente tenía el rostro de Vidayán.
Hay quien dice que los muertos regresan para torturar a los vivos y se equivoca.
Habíamos cenado opíparamente y celebrábamos que la espada Invencible estaba acabada. El jefe golpeador nos había alojado en unas literas excavadas en la misma roca.
Entonces me arropé y me quedé dormida escuchando el animado coloquio de mineros y doiras.
En mi sueño volvía a caminar por el desierto blanco.
¿Por qué no había ayudado a Vidayán?. Podía haber lanzado un conjuro e impedir que la gangrena avanzase y sin embargo me quedé parada sin hacer nada.
Y Vidayán estaba a mi lado y sonreía. Intentaba decirme algo que yo no entendía. Entonces le abracé y me di cuenta que no existía, que todo era un sueño, que nunca volvería, que era aire...
No era Vidayán, sino Ujo. Ujo, el cíclope que preguntaba el porqué de mi llanto. Y allí estaba yo porqué hablando con aquel extraño de mi viejo dolor. Sólo, porque su rostro me recordaba al de un buen amigo al que había abandonado un día.
A la mañana siguiente, me despertó un fuerte temblor de tierra y unos gritos desgarrados. Maestros golpeadores y doiras corrían ciegamente en busca de la salida, sembrando la muerte a su paso.
Corríamos sin saber a donde escuchando comentarios sobre un gigante que al parecer con sus pisadas había causado el desastre. Sucedía aproximadamente cada milenio pero al parecer esta vez, se había adelantado.
Quizás no haya nada que no sucumba al paso de un gigante llamado GUERRA o Nievares.
Entonces oí a Ujo que corría a mi lado.
-ïHa sido Nievares, el ermitaño!.- ïSeguidme!. ïConozco un atajo!.
Nos condujo nuevamente a la cueva que el jefe de los golpeadores me había enseñado. Y allí, varada en el lago, aguardaba una balsa construida con juncos.
Reparé entonces, que Truébano llevaba en su bolsa un objeto grande y pesado. Pero no había tiempo para reparar en preguntas...
Ujo remó con sus poderosos brazos hacia nuestra única esperanza: un hueco que filtraba la luz del atardecer y donde el lago desembocaba. Entonces escuché el estrepitoso sonido de la avalancha final.
�Quién sabe cuantos doiras y cuantos duendes mineros perecieron en aquel derrumbe!.
PELIGRO INMINENTE
Navegamos en una balsa de juncos.
Recuperado el aliento, hallé las suficientes fuerzas para preguntarle a Truébano que llevaba en la bolsa.
-ïLa invencible!.- Exclamó con orgullo.- Creo que los duendes no van a echarla en falta
-No has debido hacerlo.- Intervino Ujo.- Era un tesoro del mundo subterráneo y como el diamante que visteis podría hacer caer la desgracia sobre vuestras cabezas..
-No creo que esta maravilla traiga la desgracia a nadie.- Acarició una vez más el arma y añadió.- Además, ninguno de vosotros sabe utilizarla y yo sí.
-Lástima.- replicó Ujo.- Tu codicia no te conducirá a nada pero ïBueno!.
El tramo del río discurría por una zona montañosa y torrencial. Nuestra frágil embarcación se bamboleó sorteando rápidos y caudales antes de entrar en una basta llanura de vegetación tropical.
Luego, llegó un ocaso de impresionante belleza. Ujo remaba sin descanso y cantaba una canción de amor que los Perluces le habían enseñado.
Era de noche, había buena luna.
Entonces dejó de cantar y soltó asustado los remos.
-ïQué ha sido ese zumbido?.- Preguntó Argolibio.
-ïParece una serpiente gigante!.- Alzó la voz.- Lo sé por...
Antes que pudiese acabar la frase se produjo una enorme sacudida que agitó violentamente la balsa.
Era efectivamente una serpiente, la más grande que haya visto nunca.
El monstruo se izó sobre su abdomen y mostró sus colmillos exhalando una bocanada de vapor abrasadora.
Truébano, en el agua, intentó desenfundar la invencible pero la mano de Navelgas impidió el movimiento.
-ïEspera!.- Le previno.-ïNo podemos matarla!.- ïY si fuese ella el sagrado?.
-ïEl sagrado?.- Siseo la serpiente.-¿ porque había de ser yo el sagrado?. Yo sólo conozco a Samalea y ella tiene una mirada mucho más adormecedora que la mía.-¿Quiénes sois vosotros?. ï¿ qué hacéis en mi territorio?.
Argolibio escupió agua y dijo con ironía.
-ïBueno!. Si la dama dice que ella no es el sagrado mejor nos marchamos. Muchas gracias por ser tan amable y hasta la vista.
-ïCállate nomo!.- Le increpó Navelgas. ï¿Porque nos interrumpes?.- ïntento ser amable con la señora culebra!. ïPerdóne a mi amigo.!. ïEs tan torpe!. Lo que intenta decir es que no vamos a molestarla. Sé que hemos irrumpido en su territorio pero ahora nos iremos sin hacer ruido
-ïQuietos!.- exhibió su lengua sibilina.- ¿a dónde creéis que vais ahora?.
Truébano apretó bajo el agua la empuñadura del arma. Luego contó hasta tres y sin mirar los ojos del reptil la sacó del agua.
El acero ni siquiera logró rozarla. Un misterioso haz de luz azul desgarró el corazón de la serpiente.
-¿Cómo lo has hecho?.- Dijo Argolibio con los ojos como platos.
-ïNo tengo ni idea!.- Exclamó confuso Truébano y añadió.- Debe ser por que es una espada mágica.
-ïPero qué has hecho?.- Gritó exasperado Navelgas.- Ha muerto sin decirnos el paradero del sagrado. ¿En que diablos tenías la cabeza?.
-Os dije que esa espada no traería nada bueno.- Sentenció el cíclope.- La serpiente era mala, pero la necesitábamos..
Sobre las aguas del río quedó una enorme mancha roja. La serpiente dio el último coletazo y se quedó con la cabeza colgada como si fuese una res. Entonces empezamos a dar brazadas y no descansamos hasta que alcanzamos la orilla.
La mañana vino precedida por una calma extraña. Ni siquiera se oía el trino de los pájaros. Navelgas y Ujo habían salido a talar unos árboles porque la serpiente había destruido completamente la balsa.
Argolibio despertó en ese momento e intentó mantener una afable conversación con Truébano que parecía más huraño que de costumbre.
Este, le ignoró y susurró en mi oído.
-¿Te has fijado que llevamos más de una semana y aún no hemos despertado?
-¿Qué intentas decirme, Truébano?
-Digo que ya llevamos más de una semana y que no hay rastro del sagrado.
Navelgas que acababa de llegar con las maderas percibió de pronto que algo ocurría y quiso averiguar que era.
-¿Qué te sucede, amigo Truébano?
-ïDéjame en paz, enano!.- Farfulló el otro.
-¿Es por lo de la espada?. Ujo ha debido ponerte nervioso. ïEs natural!. Él mismo la fabricó. ïPero que te pasa Truébano?
-ïNada!.-Rezongó
Pero Navelgas andaba dándole vueltas.
-ïEscucha!.- Sonrió para darle confianza.- Cuando todo esto se acabe, tú y yo tomaremos unas buenas jarras de cerveza.. Tú y yo en la Cantina del Arce.
De repente, sentí un pánico inmenso al ver que las manos de Truébano se cerraban en torno al cuello de Navelgas.
-ïPara!. ïTe he dicho que pares!.- Supliqué.-ïEs tu amigo! :
-ïMi amigo?.- Los ojos de Truébano se encendieron en ira y apretó con más fuerza los dientes.- ïNo es mi amigo!. Oculta algo. ïLo sé!. ïPor qué no hemos despertado ya, Alesga?. ïPor qué nos convenció a todos de que probásemos la seta?. ïSois unos ilusos si pensáis que el sagrado existe!. ïNunca despertaremos!. Todos estamos muertos. ïMuertos!.
EL ROSTRO DE LOS AMADOS.
Finalizada la labor de construcción remontamos el río con la nueva embarcación. Ujo remaba con sus brazos curtidos y la mirada puesta en el horizonte.
Dejamos muy atrás el río y nos adentramos en el océano. ¿Quién sería la misteriosa Samalea que había nombrado la serpiente?.
Una escuadra de delfines escoltó la barca. Emitían chillidos agudos como si quisiesen comunicarnos algo, pero Navelgas tenía la mirada extraviada y el entrecejo fruncido.
-¿has descubierto algo?.- preguntó a Ujo.
El cíclope movió apesadumbrado la cabeza.
-ïnada, Navelgas!. ïNo he descubierto nada!. Llevamos varios días navegando a la deriva. Me temo que tus amigos humanos no saldrán de este sueño. ïEste es nuestro mundo!.
ïNo lo olvides! ïNo el suyo!.
Navelgas quedó contemplando como los delfines se alejaban. Luego se acercó a Argolibio y le miró dubitativo.
-¿Quieres unas bocanadas de mi pipa, pequeño nomo?
-Sí te lo agradecería.- admitió Argolibio con cara de enfado.
-Sé que os he engañado.- Trató de disculparse.- Lo sé, yo falsifiqué la carta del Mago. ¿Pero me habríais acompañado igualmente si os hubiese dicho la verdad?
Yo fingí que no les oía y me limité a observar las pequeñas olas que se producían alrededor de nuestra embarcación.
-¡Amigo!.- se dirigió ahora a Truébano.- ïPerdóname amigo!. ¿Quieres un trago de mi cantimplora?. ïMira!. ïTengo mucho!.
-ïAl diablo tú y tú maldito vino!.- Escupió Truébano con rabia.
El enano miró el horizonte intentando escudriñar algo a lo lejos.
-Para ti es sencillo.- Le atacó el nomo Argolibio.- Te quitas y te pones el gorro y entras y sales cuando te viene en gana. Pero: ¿y ellos?. Entraron aquí gracias a la seta. Ahora, no hay salida posible porque ni siquiera tú la conoces.
-Lo hice por mi hija.- Sollozó Navelgas.- Negueira la tiene en un oscuro calabozo. La niña no tiene agua, ni alimentos. Además, está muy enferma.... Ella tenía un sueño. Soñaba que el sagrado debía existir en algún lugar y que la bondad y la clemencia jamás abandonarían a los pobres desgraciados.
-ILuso!.- Protesté.- ïEl infierno está sembrado de buenas intenciones!. ïSolo era el sueño de una niña!.
-¿ y que me decís de los sueños?.- Replicó Navelgas.- Los sueños nos alimentan. Gracias a ellos las hadas pueden vivir y los hombres pueden hacer grandes cosas. Vosotros mismos lo habéis comprobado. Todo el mundo tiene sueños incluso los esperpénticos doiras.
-¡Pero tú!.- Clamó indignado Argolibio.- ¡Tú les engañaste!. Falsificaste la carta del mago. Ellos te siguieron como su única esperanza. También ellos tenían un sueño. Soñaban que si hallaban a ese ser, el sagrado o como quiera que se llame, sus pueblos se liberarían del yugo de la guerra.
-ïSí!.- Intervino Truébano.- Y ahora nos quedamos sin sueño, tú, yo, todos nosotros. Sólo porque te has encargado de destruirlos todos. Y que ironía que nada exista. ¡Ni la salida de este mundo, ni ese horrible ser al que nadie conoce!.
-¡Es difícil para mí pediros que confiéis!.- Navelgas contempló las ondas que producían sus dedos al contacto con el agua.- ïSolo os pido que confiéis en el sueño de una niña!. ïParece descabellado!. ¡lo sé!.
Tarde en la noche sucedería algo extraordinario. Nuestra barca se mecía en un suave vaivén y todos excepto Ujo estábamos dormidos.
En aquella duermevela escuchamos un canto melodioso y extraño similar al sonido que produce una caracola hueca mezclándose armoniosamente con el oleaje.
-¿Habéis oído?.- nos golpeó suavemente con el remo.
-¿qué?.- pregunté somnolienta.
-ïEscuchad!.
El canto se acercó muy lentamente y contuvimos la respiración. Venía en dirección a la barca y parecía proceder de una niña. Si se acercaba demasiado a la barca podía volcarla o lastimarse.
-¡Samalea!.-exclamamos al unísono.
La pequeña criatura dio un salto vertiginoso exhibiendo una cola de escamas plateadas.
Era sin duda la más hermosa criatura del país de la gente menuda. Su cabello era verde formado por algas finísimas y sus dientes relucían como perlas a la luz pálida de la luna.
Entonces recordé lo que había dicho la serpiente de sus ojos himnópticos.
-ïNo la miréis!.- Advertí demasiado tarde. Navelgas estaba ya con la mitad del cuerpo fuera de la barca gritando desaforadamente que aquella era su hija.
-ïNo es Agoveda!.- Me agaché a su lado.- Es Samalea y es peligrosa. Hace que veamos lo que deseamos ver.
-¿Quieres jugar conmigo?.- demandó una preciosa voz infantil.
Navelgas apretó los puños intentando contenerse.
-ïAgoveda!. ïAgoveda!.ï ¡Mi preciosa niña!.
-ïEstoy muy triste!.- Lloriqueó la ninfa.- ¿ Por qué no vienes al agua conmigo?. ¿ Es que ya no me quieres?
-ïNo le hagas caso Navelgas!.-Supliqué. Ella no es tu hija.
Pero sin poder evitarlo también yo la estaba mirando.
-ïAlesga!. ïQuerida amiga!.- Dijo el rostro de Vidayán.
-ïMoriste!..- Grité con dolor.- Vi como morías en el desierto blanco.
Se oyó una risita hueca y otra vez el canto.
-¡Retornó su voz de ninfa.- Veo que no conseguiré nada y no quisiera morir como mi amiga la serpiente. ¿ Por qué me buscabais?
-Queremos saber si eres el sagrado.- Dijo Truébano con profunda voz de barítono.-Si es así, podrías indicarnos la salida de este mundo tuyo.
La risa encantadora de la pequeña se dejó oír a mil leguas marinas.
-¡Mirad!.- Sonrió divertida.- Todos saben que mi canto no es de este mundo aunque la verdad: ¡No es para tanto!. ¿Pero quien os ha dicho semejante tontería?. ¿ La serpiente?. Yo sólo guardo una llave y no conozco su verdadera utilidad. Ese que decís llamar el sagrado podría ser el que mira al sol del mediodía sin pestañear aunque aquí hay muchos impostores.
Samalea arrojó a la barca una llave plateada.
-ïTomad!.- Gritó. - Llevaba mucho tiempo esperando que alguien me la pidiese y casi había perdido la esperanza...
El canto más hermoso se fue alejando como una caracola hueca que se enreda con el oleaje.....
UNA SOLEDAD COMPARTIDA.
El tórrido calor unido a la ausencia de agua nos sumió en un profundo sopor. De no haber sido porque aún conservaba en mi mano la llave de Samalea y el oro de las hadas, habría jurado que todo fue un efecto del golpe de calor.
El primer aviso fue un dolor de cabeza agudo y generalizado, precedido de vómitos, nauseas y vértigos. Al segundo día, todos habíamos perdido la orientación y al tercero yacíamos inconscientes navegando a la deriva.
Pero tuvimos suerte. Nuestra barca fue interceptada por un grupo de pescadores que faenaban cerca. Ellos, nos remolcaron, a un pueblo de casas colgantes y de allí a una cabaña seca y umbrosa propiedad de la curandera del pueblo.
Cuando Navelgas despertó y se vio a sí mismo con aquellas ropas, gritó como si hubiese visto a un difunto.
En aquel momento, Pielame, acaba de entrar con unos trozos de leña.
-Lo siento.- Se disculpó.- no he podido encontrar ropa más adecuada para vosotros dos.
Los vestidos de mi nieta y sus muñecas han sido lo más a mano que tenía.
-Pues ahora que te veo.- Sonrió Argolibio con sorna.- ¿ sabes que te pareces mucho a mi primera novia?
-Pues era bastante fea.- Rió Ujo con complicidad.
La mujer posó cuidadosamente la leña sobre la cocina de carbón.
-ïBien!.- Aplaudió.- me alegro de que ya estéis bien porque así podré perderos de vista.
Truébano se incorporó en el camastro luchando por mantener inútilmente el equilibrio y respirando con dificultad.
-¡No tenemos tiempo!.- se dejó caer abatido- ïMoriremos en esta tierra maldita! ÏNunca!
¡Nunca encontraremos al sagrado!.
-¿El sagrado?.- Piélame adoptó una actitud pensativa.- ïsí claro!. ¿ El sagrado!. Ahora que lo recuerdo ese debe ser Vandalisque, el centauro de la pradera..
Le lancé lo que me rondaba la cabeza. Al despertar, había descubierto que me faltaba la llave y el oro de Endriga.
-¿Ah eso?.- Cayó por fin en la cuenta.- ïtranquilízate muchacha!. Lo he guardado todo para que no se pierda y también esa espada. ïPara que diablos quereis una espada?. ïNo tolero las armas!. Os he salvado la vida y os he ofrecido mi hospitalidad, pero mañana, al amanecer, abandonareis mi casa!
Al amanecer, Piélame, apareció para entregarnos más víveres y cerró de un golpe seco su puerta. Partimos hacia la pradera que ella había nombrado: un terreno árido, seco y amarillo flanqueado por palmeras.
Discurría un débil hilo de agua que nos hizo pensar que fuera de la época angosta sería un río caudaloso.
A estas alturas la espada Invencible ya era como una prolongación del brazo de Truébano.
A Vandalisque lo hallamos sumido en sus divagaciones y recostado en una palmera. Estaba tan inmóvil como si estuviese petrificado.
Truébano dio un paso al frente erigiéndose en portavoz del grupo.
-ïVenimos en busca del sagrado!.-
Vandalisque fingió no oír y continuó mirando al sol sin pestañear.
-¿Es que estás sordo?.- Le increpó.-¿ Quieres que desenfunde mi espada y te corte la testuz?
-No me gustan las armas.- Suspiró cansinamente.- Ni tampoco aquellos que las utilizan.
-ïVaya!. Pero si tiene lengua el caballito.- Rió con sorna.
Vandalisque se movió ligeramente y miró con dureza a Truébano.
-Si buscáis al sagrado.- Resopló.- No os habéis equivocado porque ese soy yo. Pero solo acepto hablar con gentes de buenos modales. Si no es ese vuestro caso, podéis dar la vuelta.
Hice una profunda inspiración y me aproximé:
-No venimos a buscar guerra que de eso ya hay bastante de donde venimos. Pero, estamos cansados y nerviosos y necesitamos que nos des el objeto mágico que permitirá destruir a Negueira.
-Puedo hacer que en un abrir de ojos cicatrice la herida de una flecha.- Dijo sin pestañear.- Puedo....
Ahora se removió con furia y por un momento temí que quisiera embestirnos pero desde la estática posición que había vuelto a adoptar volvió a hablar:
-ïah, estúpidos mortales!.- dijo con lánguida voz.- ïCuándo aprenderéis la lección!. En mi pueblo erramos muchos. Y aunque siempre habíamos sido bárbaros no nos iba tan mal hasta que comenzamos a luchar contra los humanos. Usamos contra ellos nuestras armas arrojadizas y nuestras mazas hasta no dejar a ni uno vivo. Luego, devoramos sus cadáveres y festejamos la matanza. Pero ïAy de nosotros cuando nos sentimos saciados!. Iniciamos las refriegas por nuestro tedio. Fue una guerra cruenta: hermanos contra hermanos. Y ahora, sólo queda Vandalisque el sabio, orgulloso de haber vencido, pero solo.
-¿Quieres un poco de vino?.- Preguntó compasivo Navelgas.- Una vieja curandera me lo ha dado
El viejo centauro miró agradecido al enano y tomó su cantimplora. Bebió ávidamente y después se la devolvió con una sonrisa triste.
-¿Quieres otro?.- Insistió el enano.-ïCaspita!. ïCómo bebes!.
-Sí por favor.- Suplicó.- Dame otro trago. Y bien Por qué me buscabais?
Alzó sus ojos al sol del mediodía y antes que volviese a sumirse en aquel trance me dispuse a preguntarle.
-Dime, Vandalisque. ¿ No tienes ningún objeto mágico?. ¿ Una piedra? ¿ una maza?. ï¿ lo que sea?
Emitió un sonido mezcla de carcajada y dolor inmenso.
-Tal vez lo tenga ese otro.- dijo.- Ese al que todos llaman Valpoli.
-¿Pero entonces?.- Me sorprendí.- ¿No dijiste que eras tú el sagrado?
-Efectivamente, lo soy.- Respondió él.- Ese es el nombre porque se me recuerda.
-¿Pero porqué?.- Dije sin acertar a comprender.,
-Eso es evidente.- dijo volviendo sus ojos al Sol.- Me llaman el sagrado porque soy el único que queda.
LUCHA EN LA OSCURIDAD.
Aquella noche intuí el peligro. Ese peligro al que me refiero procedía de un batir de alas que solamente yo oía. No se trataba del viento, ni de ninguna ave nocturna. Y sin embargo: ¿ Por qué me parecía ver unos ojos grandes que escudriñaban la oscuridad?.
¿Qué sentido podía tener aquel misterioso batir de alas?
Truébano caminaba pensativo a mi lado.
-ïOye!. ïNo estés tan triste!.- Dijo.- Al menos sabemos que su nombre es Valpoli.
Aquel batir de alas sonaba cada vez con más fuerza en mis oídos haciendo que no estuviese concentrada en lo que me decía Truébano.
Argolibio y Navelgas hablaban de sus cosas. En otras circunstancias me habría echado a reír al verles con aquellos ridículos vestidos y sin embargo, pensaba en La Tierra Interior a estas alturas ocupada.
En ese instante, la oscuridad que yo presentía voló sobre nuestras cabezas hasta ocultar completamente la faz de la luna.
Entonces supe de donde procedía aquel sonido tan familiar que durante todo el camino me había torturado.
-ïEs un dragón!.- Gritó Ujo.- ïRápido Truébano, desenfunda la invencible!.
Truébano colocó la espada en posición perpendicular a los ojos de la bestia tal y como había hecho con la serpiente. Pero esta vez no funcionó.
El dragón, previendo los movimientos del guerrero, comenzó a aterrizar en posición vertical para elevarse nuevamente virando a nuestro alrededor. Tan sólo un rayo de la invencible hizo mella en una o dos palmeras sin llegar a rozarlo.
-¿Sabes que no eres muy bueno?. ¡Vas a destrozar toda a pradera!.- Carcajeó expulsando fuego por las fosas nasales.
El dragón vomitó fuego y esta vez aunque Truébano se apartó, algunas chispas consiguieron rozarle la camisa. Para evitar que la cosa fuese a más, al pobre Navelgas, no se le ocurrió otra cosa que vaciar sobre él el contenido de su cantimplora.
-¿Pero que haces, imberbe?.- Gritó Truébano luchando por no convertirse en una antorcha humana.
-Yo sólo pretendía ayudar.- Se disculpó el enano.
Pero el dragón subestimó la valentía del guerrero que lleno de coraje volvió a apuntarle con la espada. Esta vez, hubo más suerte y consiguió herir uno de sus flancos. El monstruo, con un rugido estremecedor, se derrumbó a nuestros pies.
A pesar de todo reía roncamente.
-ïPero que estúpidos que sois!.- Decía.- ïDe veras creéis que os dejaré llegar hasta Valpoli?. Antes tendréis que matarme y yo no soy dócil como la serpiente del río ni como el mono blanco guardián de la puerta. ïNo!.- Gritó dolorido.-ïYo soy Zeluan el Magnífico!.
Aún así, herido de gravedad y aunque fiero, noté que el dolor le hacía resollar. Impedí el avance de Truébano que venía dispuesto a rematarle.
De pronto, sentí a mi espalda el grito del guerrero.
-ïAlesga!. ïApártate!.
Un peso enorme me embistió por la espalda y una bola de fuego salió disparada en la misma trayectoria.
Recuperada del impacto avancé impasible hacia el dragón.
-ïNo tengas miedo!.- Susurré.- ïDéjame ver tu ala!. La herida está demasiado cerca del corazón y si me dejas, puedo curarla.
La vibración del grito de Zeluan fue tan poderosa que un fino reguero de sangre resbaló en mis oídos. Aún así, no me amilané ante el dolor, porque quería sentir en mis manos su dura y fría piel de reptil.
Mis ojos captaron más de cerca, el rojo encendido de su melena y sus ojos que brillaban en la negrura de la noche como mil centellas. Resoplaba con temor porque en realidad, ya no sabía que hacer, si abandonarse al dolor, o morir con el honor de los de su especie.
Puse mi mano sobre su cabeza sin llegar a rozarle. Luego, noté que ya no se resistía y que cerraba aliviado los ojos.
-ïBuscamos a Valpoli!.- Susurré en su oído.
-ïValpoli!.- Jadeó.- Todo el mundo busca a Valpoli. Me enteré por el ermitaño que le andabais buscando. Ese mono blanco quiso acabar con vosotros cuando os hallabais en el Mundo Subterráneo. ïYo no quería hacerlo!. ïYo soy pacífico!. Pero me hablaron de la culebra del río y lo que le habíais hecho, y tuve miedo.
Deposité mis dedos alrededor de su herida y observé como se iba cerrando hasta quedar totalmente cauterizada y regenerada la piel de alrededor. El dragón emitió un suave bufido y me miró agradecido con sus ojos sin párpados.
-Todo el mundo busca a Valpoli.- dijo cansado.- Y puede ser que esté hecho del mismo material con que se construyen los sueños.
YO SOY VALPOLI
Afortunadamente las quemaduras que habían sufrido los pequeños Argolibio y Navelgas, no revestían mayor gravedad. Nos sentamos en el suelo desesperanzados y entonces, Truébano preguntó:
-ïBueno!. ïY que hacemos ahora?.
En realidad, yo estaba igual de confusa. Debía de haber algún modo de abandonar el país de la gente menuda aún en el caso que no existiese Valpoli. En todo caso, lo primero era reponer fuerzas.
-Yo sé de un lugar.- Sugirió de pronto Ujo, el cíclope.- Está cerca de aquí y es el Monasterio de los Perluces.
-¿ El Monasterio de los Perluces?.- Repetí enfrascada en mis preocupaciones.
-Sí, claro.- replicó Ujo.- Todo lo que soy se lo debo a ellos aunque son un poco extraños y puede que os asustéis al verlos.
-ïLo que me faltaba!.- Protestó Truébano.-ïMira que sois extraños en este lugar!.
Su voz aunque ligeramente burlona denotaba un atisbo de esperanza. Pensé que estaba tan cansado como todos y que bromear un poco le liberaba de una pesada carga. Mi voz debió sonar áspera y dura:
-¡Vayamos entonces al Monasterio!. ï No tendréis intención de pernoctar en el bosque esta noche! ¿ Y si Zeluan regresa?
Todos estuvieron de acuerdo en este punto. Ujo, caminaba a mi lado hablando entusiasta de los extraños monjes. Al parecer, decía que habían sido muy buenos con el pobre huérfano. Le habían dado cobijo, alimentos y cariño.
La pradera fue desapareciendo dejando paso a un precioso bosque. Un vergel maravilloso en el que brotaba una cascada y bebiendo en sus aguas, estaba un extraño. Se parecía a un humano y, tal vez, en otros tiempos lo fue, pero ahora, tenía orejas puntiagudas y cuernos incipientes y a pesar de estas y otras lindezas, hubiese resultado atractivo de no ser, porque de cintura para abajo era un macho cabrío.
-ïPss!. ïPssss!.- Nos llamó.- ïEh!. ïVosotros!. ïSí, vosotros!. ïVenid aquí!. ïYo soy el que buscais!. ïYo soy Valpoli!:
-ïNo os acerquéis!.- Previno Ujo.- Yo le conozco y es un mal tipo.
-Soy Alesga.- Le dije al extraño.- Soy una sacerdotisa.
-ïAh!.- dijo con suave cortesía.
-Venimos en busca del sagrado.- Continué diciendo.- Mi pueblo se muere y sin él no existe esperanza.
El diablo burlón se deleitó con la contemplación de su reflejo en el agua.
Viendo que no nos hacía ni caso proseguimos nuestro camino y a las espaldas volvimos a escucharle con insistencia.
-ïpshh!. ¿Adónde vais?- ïYo soy Valpoli!. ïEn serio!.
EL MONASTERIO DE LOS PERLUCES.
No puedo precisar cuanto tiempo estuvimos en el monasterio de los perluces. Pero era un lugar donde gaiteros invisibles soplaban melodías a la noche. Un viejo monasterio enclavado en el bosque.
Mis pasos sonaron huecos en aquel silencio sepulcral mientras caminaba por la hospedería y los claustros bajos. Aquí, un patio interior y el centro, una fuente. Y luego aquella puerta cerrada que el cíclope nunca pudo abrir y aquel patio desierto.
Pasé a una habitación desnuda sin más adornos que los útiles que Ujo necesitaba cada día. Un brasero apagado hacía mucho tiempo junto a un yunque olvidado, una prensa, una forja. Allí debía trabajar antes que los Perluces le enviasen al Mundo Subterráneo, y allí, debió pasar sus horas él sólo, con su martillo, restañando el metal, para arrojarlo después a un oscuro rincón, y olvidarlo.
Estábamos tan cansados que quedamos dormidos. Sólo al llegar la noche, nos despertaron unos cánticos lúgubres y el cíclope nos apremió a levantarnos.
-¿Ya están aquí!.- Gritó alborozado.- ¿ No os dije que vendrían?.
-¿Quiénes?.- Pregunté restregándo mis ojos.
-ïLos Perluces!.-Exclamó.- Los Monjes de quienes os hablé. No les habéis visto durante el día pues tienen costumbres nocturnas.
Todo el Monasterio se inundó de luz de repente. Aquella luminosidad debía proceder de mil velas encendidas pero no tardé en darme cuenta que eran los mismo Perluces quienes la irradiaban.
Un ser luminoso se acercó volando. Tenía la estatura de un niño pequeño y en el iris de sus ojos bailaban diminutos puntos de luz. Todo su cuerpo desprendía una energía irreal.
-ïHola!.- Se dirigió a Ujo sin mover los labios.-¿Quiénes son?
-Mis amigos.- Respondió el cíclope orgulloso.
-¿ Y Por qué estás aquí?.- Quiso saber.- ¿Y la Invencible?. ¿la acabaste?
Ujo comenzó a relatar los incidentes sufridos. Le habló del derrumbe del Mundo Subterráneo causado por las pisadas de Nievares, el ataque de la serpiente y el dragón, la desesperación de quedar atrapados en el País de la Gente Menuda, el encuentro con Samalea, la inexistencia de Valpoli, la llave......
Al oír lo de la llave sonrió el Monje- Niño.
-Vaya!. Habéis vagado en busca de algo que estaba muy cerca de vosotros. ïSeguidme!. Yo tengo la llave que abre vuestro mundo.
Estábamos de nuevo ante la puerta que Ujo nunca pudo abrir siendo un niño y ahora, el Monje-Niño mostraba una llave, en sus manos luminosas.
-Esta es la que abre el umbral de las edades.- Señaló la llave dorada.- La otra, la que os regaló la niña de las aguas, pertenece a la entrada a vuestro mundo. En el umbral de las edades hallaréis a Valpoli. ïId pues en busca de lo que tanto anhelabais!.
La llave encajó a la perfección y los goznes chirriaron abriendo la puerta del Umbral de las Edades.
Valpoli trotaba en un valle bañado por una luz blanca, sobrenatural. No era ni de día ni de noche, y el unicornio vagaba solitario hasta la eternidad.
Al vernos, adoptó una postura arrogante y continuó bebiendo de un claro riachuelo.
Corría una suave brisa que mecía las hojas de aquel bosque otoñal.
-¿Eres Valpoli, el sagrado?.- Me acerqué a preguntarle.- ¿ Dime!. ¿ Lo eres?
-Soy el amor incondicional.- Dijo el unicornio.- Soy la ternura, soy la inocencia. Pero no tengo nombre. Algunos me llaman Valpoli porque siempre quieren ponerle nombre a las cosas. Soy aquel al que todos olvidan y al que nadie recuerda. No sé quien soy. Soy todo y soy nada. Soy uno y soy muchos. Soy al fin al cabo, eso que llaman amor y que hace temblar los cimientos del mundo.
Levantó una polvareda azulada con sus pezuñas y sin saber porqué nos apresuramos a recogerla en un saco.
Eso era todo lo que teníamos de Valpoli.
Quizás ese no fuese su verdadero nombre.
Tal vez fuese:
BELLEZA.
Y así fue como utilizamos la segunda llave y despertamos en el mismo bosque del principio y enterramos las llaves y la invencible con la absoluta certeza de que volverían de nuevo al Mundo Subterráneo.
-ïNo es necesario que vengáis vosotros dos!.- Comuniqué a Ujo y a Argolibio.- Vosotros perteneis al país de la Gente Menuda y no es justo que vengáis con nosotros. Pero os guardo en el corazón.
Después de eso, los demás, partimos a la Tierra Interior en poder del polvo azul que nos había proporcionado el unicornio. Pero el destino, había de hacernos una mala jugada pues al llegar al poblado unos soldados se nos echaron encima y nos condujeron a presencia de Negueira. Al vernos, la bruja, esbozó una sonrisa maléfica y triunfal.
-ïBravo enano!. ïHas conseguido traerme a los rebeldes!.
-Su Majestad.- Dijo Navelgas.-ïSon todos vuestros!.
La bruja se frotó enérgica las manos y comenzó a pasear de un lado a otro nerviosa.
-Majestad.- Continuó Navelgas.- Ahora que los tenéis, os suplico dejéis libre a mi hija Agoveda.
-Eso será después de la ejecución.- Refutó ella.- Y ahora vete a tu habitación y quítate esas ridículas ropas.
Los dos secuaces que esperaban órdenes preguntaron al unísono.
-¿Y que hacemos con estos dos, Majestad?
-ïAl calabozo!.- Ordenó, aunque al acercarse a Truébano se lo pensó mejor:
-ïBonitos músculos guerrero!. Si combatieses en mis filas no solo salvarías tu vida sino que te nombraría Príncipe de Pambley. ïPiensa en las riquezas que te esperan!ï ¡Imagina el poder!.
-¿Qué debo hacer Majestad, para serviros?.- Respondió Truébano, el traidor.
-Para empezar.- Dijo señalándome con el dedo.- Haz que retiren esta piltrafa de mi vista.
Me encerraron en una enorme estancia: sucia, oscura junto a muchos desgraciados que como yo, clamaban por un simple mendrugo de pan y alivio a sus heridas. Todos amalgamados: heridos y leprosos en quel hedor, rodeados por las ratas.
Y junto a esa inminencia de la muerte, estaba la profunda pena de ver todas las cosas que había sacrificado, perdido y ensuciado en el camino junto a la promesa incumplida de alguien a quien yo había llamado amigo.
-Tal vez tengas razón.- decía acariciando su cabello.- Tú, Truébano, no te venderás jamás a la oscuridad. ¿ Verdad?
-Pues �Claro que no!.- Había dicho Truébano en aquella ocasión. ¡Te lo prometo, Alesga!.
Y aquellas palabras del hombre ya adulto retumbaban ahora en mi cabeza hiriéndome con más violencia de la que lo había hecho la furia del dragón o la maledicencia de la serpiente.
Pero la verdadera sorpresa estaba por llegar cuando me condujeron a la ahorca para dar un castigo ejemplar a los insurrectos.
Me subieron sobre un caballo y colgaron alrededor de mi cuello la soga suspendida del árbol. El enano, por supuesto, sería el encargado de arrear al caballo pero antes de hacerlo se volvió hacia la bruja.
-ïMajestad!.- dijo.- Yo ya he cumplido mi pacto. ïCumplid vos el vuestro!.
-ïPrimero ejecuta a la traidora!.- Ordenó.- Y luego, ya hablaremos.
De espaldas a todos Navelgas me dijo al oído:
-Era yo quien te seguía en la gruta. ¿ Por qué razón no te fijaste mejor en las pinturas?. Yo solo quería liberar a mi gente, no era el traidor que pensabais y ahora, no puedo fallarte a ti.: ¡Pide mi gorro!.
-Pero Navelgas.- Murmuré sorprendida.- Tú eres vulnerable sin tu gorro. ¿ Qué vas a hacer sin él?
-ïNo importa!.- Replicó.- Tengo una buena organizada para cuando tú te vayas.
-¿Qué dice la prisionera?.- Quiso saber la bruja.
-ïMajestad!.- Empezó el enano.- Es su última voluntad y pide mi gorro.
-¿Tu gorro?.- Rió siniestramente - ïBien!. ¿Y a que esperas?. ïDáselo!.
Imagino las facciones de sus caras cuando me vieron desaparecer por arte de magia. La poderosa magia en la que ahora creo más que nunca, la poderosa magia de la que te hablé.
Resurgí nuevamente en el bosque y derramé en el suelo el polvo azulado pensando que no surtiría efecto.
Dicen que la oscuridad, se alejó un buen día en forma de nubes oscuras. Debió regresar como el diamante Hope a las entrañas del mundo subterráneo. Tal vez, en estos momentos en que te cuento esto, la oscuridad ya forma parte de Valpoli y la maléfica Nogueira formando un mismo ser, el Sagrado. Y eso me hace sonreír pensando en los Doiras.
EPÍLOGO.
Mis ojos miran al cielo. Hoy he recibido noticias de Argolibio. Me cuenta que anda atareado con la educación de sus hijos y que por eso ya no escribe tan a menudo.
Sé por lo que me cuentan que Truébano se volvió loco, que el poder le cegó y que incapaz de vivir sin el poder que Negueira le había concedido huyó a las Tierras Altas donde le perdí el rastro.
Ujo, el cíclope, se quedó a mi lado. Es el único que me queda de toda esta aventura. Es él quien en mi soledad sonríe y me mira con su único ojo para decirme una y otra vez que no debo rendirme.
Es primavera y el campo está lleno de flores. ¿ Quien diría que un día pasó por aquí un fantasma llamado GUERRA.
Hoy froté el oro de las hadas esperando que la vida entrase también en mi parcela. Recordé las palabras de Endriga y las de todos los amigos me habían acompañado.
Entonces, cerré los ojos y dije el nombre de Navelgas, fue casi como una plegaria y mi sorpresa fue grande al verle aparecer a lo lejos silbando con un vendaje en la cabeza.
Y allí a mi lado, estaba Ujo con esa mirada triste que tienen todos los niños que han sobrevivido al horror sin perder la sonrisa.
¿ Sabes?. Hoy he comprendido que incluso en la paz, nuestro corazón es un país en guerra donde personajes internos libran feroces batallas ya que todos, al fin y al cabo, somos la cara y la cruz de una misma moneda.
Pero si hay algo que debas salvar, es tu corazón, porque sin enarbolar tu corazón guerrero no podrás enterrar las verdaderas armas del mundo, serás inmune a las desgracias ajenas, tu corazón, órgano inútil, bombeará sangre sin participar de la vida que le rodea.
Todo el mundo tiene una historia y yo, te he contado la mía. Pero mira y dime: ¿ Qué ves ahí adentro?.ï¿ Rabia?.¿ Amor?.¿ Alegría?. ¿ Tristeza?. ¿ Por qué no recuperar la inocencia?. ¿ Por qué no confiar en los sueños?
Tal vez si nos vemos algún día quieras contármelo.
Yo, entre tanto, te sigo esperando.
Aquí, en la Tierra Interior, donde todo está escrito.
Quien dijo miedo
La casa de Elisa Muldor
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