viernes, 3 de agosto de 2012

sombras

No sé si es realidad o ensoñación. ¿Cuál es la delgada línea que delimita los acontecimientos reales de los sueños? Calderón de la Barca decía que la vida es sueño. Él veía esa delgada línea. Mi vida es una pesadilla. No sé porqué les cuento esta historia. Transito un mundo de claros y oscuros. A menudo, en ese tránsito una sombra se acerca a mi cama. No me resulta desconocida, no. Intuyo que es la sombra de alguien que me odia hasta el punto de preferir verme vivir torturada antes que morir, aunque si me preguntasen no sabría decir por qué lo sé. Ese alguien que sigiloso se acerca a mi cama cuando me apagan la luz, ese ente desconocido o demonio- aún no sé como describirlo- me susurra palabras ininteligibles, en un tono aterrador. Se alimenta de mi letargo y a su alrededor el aire es siempre tórrido o gélido, pues no le gustan los términos medios. Quiero apartar su sombra a manotazos, pero no tengo fuerza ni para levantar ni un solo dedo, ni tampoco para abrir los ojos, ver la realidad y decirle que se vaya. Parece como si estuviese sosteniendo sobre mi cabeza todo el peso del globo terráqueo con sus océanos y continentes juntos incluso, el mero hecho de respirar me resulta una tarea ardua y difícil. Tampoco puedo gritar y pedirle, más bien implorarle a ese ser oscuro que no me lleve aún si es que ha venido a llevarme a algún sitio. Esa figura fantasmagórica se ríe de mí, le resulta divertido verme tan vulnerable, tan sola, e incapaz de hacerle frente. Pero a veces, mi tormento se interrumpe cuando alguien enciende la luz de la lámpara de mi mesita y entonces yo me tranquilizo y puedo dormir al fin. Son unos breves momentos en los que engaño a mi mente pensando que todo ha sido una alucinación, una pesadilla, un juego de penumbras unas más claras que otras que captan mis ojos cerrados. Durante algún tiempo, la sombra me olvidó y me dejó pensar que podía prescindir de mi compañía. ¡Fui una ilusa! Mi esperanza de conseguir dormir algún día sin tener la luz encendida se desvaneció. Fue hace unos meses, antes que sufriese el shock que me condujo a este hospital desde el que relato esto. Fue cuando empecé a sentir las visiones, los pasos... Y descubrí una verdad escalofriante de la que había renegado hasta entonces y es que esa presencia es real, tan real ahora como entonces, tan real como mi cuerpo que yace postrado en este mismo instante en la cama de este hospital y la enfermera y el médico que tan diligentemente me atienden. Dicen que no puedo oír ni ver, que soy un vegetal. En este momento, les estoy hablando a las sombras que pueblan mi mente, a ustedes, con la única arma que puedo utilizar para expresarme ya que no puedo escribir, ni puedo hablar. Me gustaría decirles que sí siento, me gustaría poder hablarles de mi terror, de mi angustia, de la impotencia que siento cuando quiero gritar y no puedo, de lo horroroso que resulta no poder decir que en este cuerpo muerto yo estoy aquí encerrada, y que aún sigo viva. Pero ustedes son sombras, recuerdo de un mundo que ayer fue real y que jamás escucharán. Jamás conocerán mi relato ni quedará transcrito en ninguna parte, seré como esas hojas otoñales que arrastra el viento y conduce a ninguna parte. Sin embargo, aunque ustedes son sombras, sombras de mi mente, quisiera hablarles de otra sombra. Una sombra distinta, la que se sentaba cada noche al borde de mi cama cuando aún estaba sana. Ella, vivía conmigo durante el día pero yo no la veía. Únicamente se manifestaba por la noche al menos, al principio. Mi inconsciente en cambio, sí la percibía. Estaba de espaldas a mí cuando escribía en el ordenador y sentía su mirada acuciante clavada en mi nuca, estaba cuando el viento cerraba una puerta de golpe o cuando tenía la viva sensación de ser espiada. Al caer la noche, esa presencia ávida de oscuridad, ese monstruo mal nacido, tomaba mi casa como si fuese su reino sin importarle que yo viviera allí, despreciando a todos mis seres amados, mis recuerdos, mis objetos más queridos. Se reía de mí. Podía deambular a su antojo por todas las habitaciones sin ser vista aunque a veces en la oscuridad, se delataba. Yo que despertaba por el ruido estrepitoso de los objetos caídos, me mostraba escéptica y lo atribuía al ruido que hacen todas las casas viejas al igual que la mía, cuando las maderas crepitan al pasar del calor al frío de la noche. Luego al amanecer, cuando encontraba los trozos de vidrio del florero roto, o el retrato de las pasadas vacaciones hecho añicos junto a la papelera, culpaba al viento que había abierto la ventana en mitad de la noche, pero nunca a los fantasmas. Yo nunca había creído en ellos. Porqué creer en ellos cuando se vive en la casa más bonita de un edificio de tres plantas. Pero es mejor que me remonte al principio de la historia, cuando todo comenzó. Una noche de diciembre próxima a la noche buena fuimos a ver la película del exorcista. Mariam nos había convencido a todos para ir a la sesión de la noche. Quería que celebrásemos que íbamos a ser vecinas. -¡Es una película estupenda!-Dijo con una sonrisa de oreja a oreja igual de taimada que la del gato de Cheshire en Alicia en el País de las Maravillas -Se parece a la vieja pero mejorada y con nuevos efectos. Mariam nos sacó la lengua en un gesto de burla y rompió a reír a carcajadas. Era un poco payasa, pero una tía excelente. Le encantaban las películas de terror en las que corría la sangre a mansalva y aunque se moría de miedo viéndolas no se cansaba de pegarnos sustos. Ella los llamaba sus “efectos especiales”: Aprovechar que pasábamos más miedo para crear más miedo. Era la típica persona que te llama por teléfono cuando sabe que estás viendo una de esas películas de terror japonesas donde siempre suena el teléfono móvil en las escenas más críticas. Tenía veinte años. Era la más joven del grupo y también la más imaginativa. Acabábamos de comprar una casa en un barrio en el extrarradio de la ciudad, un viejo inmueble de tres pisos a un precio muy económico en el que no habría ningún inquilino salvo nosotras dos y nuestras respectivas parejas. Mariam ocuparía el primer piso y yo el segundo. Seríamos las únicas inquilinas de un inmueble en el que todos los demás pisos estaban en venta El inmueble formaba parte de un conjunto de casas de pizarra roja construidos en un primer momento para albergar a los obreros que un día trabajaron en la fábrica. Gracias a estos, la economía de la villa florecería a un ritmo imparable. Pero un día, como todo lo que en la vida tiene término, la siderurgia decayó, las fábricas cerraron y surgieron nuevos empleos y formas de ganarse la vida. El nivel adquisitivo de la población, paradójicamente creció y los descendientes de aquellos obreros, abandonaron sus viejos hogares sin ascensor, para mudarse a pisos a protegidos con plaza de garaje y trastero, no demasiado lejos de los antiguos bloques. Ese era el inmueble que habíamos adquirido un inmueble viejo y antiguo. Una casa de tres pisos sin ascensor ni trastero sólo para nosotros, rodeada de zonas verdes y no muy alejada de los pisos de protección oficial. Los edificios de pizarra roja contrastaban con los nuevos y elegantes edificios. Era como tener el barrio rico y el barrio pobre todo en uno. ¿Qué más se podía pedir? En uno de esos viejos inmuebles del barrio viejo, habitaríamos a la espera de que otros jóvenes o no tan jóvenes, se animasen a ocupar el resto de los pisos debido a las ventajosas facilidades económicas. La inmobiliaria que nos lo vendió, sin embargo, nos mintió. Nunca más veríamos a ningún inquilino compartir piso con nosotros. Estaríamos solos, debido entre otras cosas, a que el inmueble que estábamos a punto de ocupar no estaba del todo vacío. Y yo sé lo que me digo… Recuerdo aquel día como un día alegre. Disponíamos de las llaves de nuestros pisos. Mariam tenía sus llaves y las mías pues, desde que yo había caído enferma, le había dado a ella un juego de llaves para sentirme más segura en caso que David estuviese fuera, trabajando. Nos dirigíamos al cine para ver el último remake de la película del exorcista junto al resto de nuestros amigos. Como digo, era de noche y había empezado a llover copiosamente. Las calles estaban desiertas y era un placer escuchar guarecidos tras nuestros paraguas, el ruido que emitía la lluvia al caer sobre el empedrado unido al chapoteo de nuestras botas en los charcos. La calle ofrecía un aspecto romántico con todas sus farolas encendidas. Aunque Mariam haciendo gala de su capacidad para aterrorizarnos, tuvo que estropearnos esa visión romántica de la calle al recordarnos la clásica escena de la película que estábamos a punto de ver: El padre Carras caminando bajo la lluvia en dirección a la casa de Regan la niña poseída. Llegamos al cine entre bromas y carreras. Oscar, el novio de Mariam pagó todas las entradas. Ocupamos las butacas de en medio y nos dispusimos a disfrutar de un sábado de película. A esa hora, no había mucha gente en el cine. Mariam y Oscar hacían un ruido horroroso con las palomitas. La escalofriante niña bajaba las escaleras como una especie de monstruoso arácnido-apoyada de pies manos con una postura digna del mejor contorsionista. Aquella escena era nueva y no salía en la vieja película. Presa del terror me cobijé aún más en los brazos de David, mientras Mariam y su novio emitían una sonora carcajada a mi costa. Salí del cine temblando de miedo y de frío con unas ganas terribles de pisar mi nueva casa. Nos fuimos despidiendo del resto de nuestros amigos y al final sólo quedamos las dos parejas. -¡Es hora de que estrenes tu nueva casa!- Dijo Mariam con una sonrisa de satisfacción- ¿Qué tal si mientras vamos caminando te cuento una historia de terror? Pensé en la imagen de Regan bajando aquellas escaleras y tuve un escalofrío. Mariam era mi mejor amiga pero era cruel. Sabía que odiaba aquello. Mejor sería que se ahorrase su historia, bastante había tenido con la película del exorcista. Pero entonces David, al que le encantaban sus historias y su sentido del humor, se me adelantó. -¡Por supuesto!- la alentó- ¡Pero que sea una buena, Mariam! -¡Cállate!- Me volví hacia David muy enfadada. -¿Qué dices, Claudia?- Preguntó Mariam que no se enteraba de la misa a la media. Decidí ignorarla. Marian enfocó la mirada hacia David, pero sin mirarlo como si éste, fuese trasparente. -Es una historia de las buenas, te lo aseguro- Respondió ella con un gesto de seguridad que no ofrecía ningún género de dudas- ¿Has oído alguna vez hablar de la leyenda urbana del hombre de negro? Tardó unos instantes en retomar la historia como si quisiese hacernos sufrir. Durante un instante, la propia historia que estaba a punto de contarnos, también la sobrecogió, pues sus ojos verdes relucieron con una expresión rara de pánico y su rostro redondo y habitualmente moreno se volvió lívido cuando empezó a decir: -Hace mucho tiempo, un amigo me contó la historia del hombre de negro. Resulta, que mi amigo vivía en un viejo bloque de pisos tal y como el que nosotros estamos a punto de ocupar esta noche. Un día mientras dormía, sufrió una pesadilla horrible. Soñó que un hombre alto, de cara deforme vestido de negro y con la cabeza cubierta por un sombrero, ascendía las escaleras de su edificio portando un viejo maletín en mitad de la noche. ¿Quién era? ¿Un médico? ¿El empleado de una funeraria? ¿Tal vez un vendedor de seguros?- Bromeó David. -¡Callate!- Prosiguió Marian- ¿Quién era, diréis? Tenía una extrema delgadez, subía las escaleras tomándose su tiempo, como si este le sobrase. En su rostro, de una palidez mortecina, como si estuviese hecho de cera brillaban unos ojos pequeños y astutos surcados por unas ojeras violáceas. De cuando en cuando, apoyaba una mano cadavérica de uñas sonrosadas en el pasa manos- la única parte de su cuerpo que parecía irrigada de sangre. -Sonreía de una forma siniestra.- Me atrevería a decir que algo diabólica. Mi amigo, le veía subir como si llevase una cámara tras él, siguiendo cada uno de sus movimientos. Cuando llegó al tercer piso el hombre con el pulcro traje negro, sin una arruga, se detuvo en la puerta de su casa, dio tres golpes secos y acompasados pero nadie respondió a su llamada. Tras el otro lado de la puerta, mi amigo vio a través la mirilla como el siniestro personaje retrocedía sobre sus pasos y picaba en el piso contiguo. A continuación sintió las toses de un viejo que se acercaba arrastrando penosamente las zapatillas. -Pase- Le dijo sin más al hombre de negro, como si le conociese de toda la vida. La cosa quedó ahí- Continuó diciendo Mariam- Pero el caso es que a la mañana siguiente cuando mi amigo fue a tirar la basura, se dio prácticamente de bruces con una esquela. - Y ¿De quién era, os preguntaréis? -Era la esquela del viejo- Dijo Oscar. -SÍ, lo era. Inmediatamente, mi amigo recordó el sueño que había tenido la noche anterior, pero lo que más le inquietó, fue oír los comentarios de unas vecinas que en ese mismo momento comentaban que el anciano que había muerto, lo había hecho la noche anterior en la cama de un hospital, por lo que era prácticamente imposible que mi amigo, le hubiera visto abrir la puerta al enigmático hombre de negro. ¿Quién era entonces ese oscuro personaje? ¿Qué hubiera pasado si en lugar de su vecino, él mismo hubiese abierto la puerta y le hubiese dejado pasar? ¿La esquela que habría pegada sería la suya? ¿Era la muerte el hombre de negro? ¡Os lo dejo ahí! - Terminó con esa frase con la que siempre nos dejaba intrigados cuando contaba una historia. Mariam guardó silencio y prosiguió caminando. Escuchamos el ruido que producía la lluvia torrencial y la calle con sus farolas encendidas se nos antojó un lugar hostil lleno de sombras. -¿Qué te pasa Claudia? ¡Tienes mala cara!- Preguntó Oscar visiblemente preocupado. -“Corramos, hacia nuestra casa”- Dije sintiendo un escalofrío y añadí: “Hace mucho frío aquí”. La casa era bonita. Una casa vieja pero con todas las comodidades. El parquet aún estaba en buen estado. David y yo habíamos pintado las paredes de un bonito color naranja que al llegar la noche se oscurecía hasta volverse de un rojo sangre. Teníamos una habitación con dos ventanas a través de las cuales entraba la luz a raudales. Éramos afortunados, nos queríamos, no había nadie en el mundo que pudiese quererse tanto como nosotros ni nadie en la vieja barriada que poseyera una habitación con dos ventanas como la nuestra. En las noches de verano- nos había dicho el vendedor de la inmobiliaria- escucharás hasta el canto de los grillos desde el jardín cercano. Era una casa maravillosa, la casa que David y yo habíamos soñado aunque careciese de algunas comodidades como el ascensor o el trastero. Aún no teníamos muchos muebles y debíamos sentarnos en cajas para comer o tomar algo con nuestros amigos, pero disponíamos de una enorme cama y una mesa de oficina donde apoyar el ordenador. Aquella noche encendimos todas las luces y contemplamos maravillados nuestra casa. Sería la primera noche en que dormiríamos allí. Miré a David y le abracé con todas mis fuerzas con los ojos llenos de lágrimas de emoción. Le dije: -Esta casa es maravillosa. Es la casa de nuestros sueños. ¡No te vayas! ¡Por favor no te vayas! Él elevó mi mentón y me obligó a mirarle a los ojos mientras acariciaba con ternura mi cabello. -¿Estás tonta? ¿Pero a donde iba a irme? ¡Estás mal! ¡Todo lleva su tiempo! ¡Te recuperarás! ¡Esta es nuestra casa! ¡Nuestra bonita casa! ¡Tontorrona! Brindamos con champagne hasta muy tarde y nos pusimos a ver las fotos de todos los viajes que habíamos hecho juntos. Él y yo bañándonos en las playas del Caribe, él y yo en una excursión montando a caballo o volando en un ala delta. Siempre él y yo, juntos. Me dijo que se iba a la cama y yo le contesté que le seguiría más tarde. Estaba nerviosa, ese día estrenaba mi nueva casa y aún no podía quitarme de la cabeza la imagen de la niña de aquella maldita película a pesar de toda mi felicidad. La casa estaba en silencio salvo un ruido, el ruido de una respiración agitada. Sólo podía ser David roncando suavemente, aquella horrible escena de la película me había vuelto un poco paranoica. Como no podía dormir, decidí conectarme a Internet para saber si alguno de mis contactos estaba tan despierto como yo. Al abrir el Hotmail descubrí que Trotamundos estaba allí. -Hola – Escribí con dedos ágiles. -¿Qué tal estás? -Hola, Claudia- Respondió él con rapidez -no estás sola. Esas meras palabras me produjeron un terror indescriptible, no sé por qué y me hicieron volver la cabeza hacia atrás como si intuyese la presencia de alguien a mi espalda. Estaba sola, no había nadie más que yo en aquella habitación, salvo el ordenador que no es alguien sino una cosa y mi extraño amigo el trotamundos. -¿Por qué dices eso?- Le dije y añadí- Me das miedo. Claro que no estoy sola, estoy contigo. Trotamundos era aficionado a las cartas del Tarot. Decía ver cosas que los demás no podían ver. Yo me reía de sus facultades. También era un buen amigo. Me había apoyado en una época en la que sufrí una enorme depresión, siempre estaba ahí al otro lado de la pantalla cuando quería hablar. Pero al igual que Mariam le gustaba hacer “efectos especiales” -No- continuó él- No me refiero a ti y a mi- Es que percibo que en esa habitación donde estás hay alguien más contigo. ¡Por favor! ¡Ten cuidado! -¿Cómo puedes ver eso?- Pregunté. -No, me jodas-estalló sardónico: ¿Será porque soy vidente? -¡Gilipollas! ¡Me estás tomando el pelo!- repliqué indignada y apagué el ordenador. Me fui para la cama. Aquella noche con la luz apagada, sentí por primera vez que había alguien conmigo en aquella habitación tal y como Trotamundos me había advertido. Alguien a quien yo no podía ver a pesar de la claridad de las farolas de la calle que se filtraba por las dos ventanas. No era David, porque él estaba de espaldas a mí durmiendo con las piernas encogidas. Me volví hacia él y le abracé con ternura aún sabiendo que él estaba tan profundamente dormido que no lo notaría. Me prometí que a la mañana siguiente le diría a Mariam que nunca más volvería a ver aquellas películas y me dormí pegada a él, dejando de sentir la sombra y oyendo únicamente la suave y acompasada respiración de mi novio. A la mañana siguiente Mariam se retiró un mechón castaño de su aceitunada cara y clavó en mí su mirada llena de preocupación. Parecía cansada como si no hubiese dormido nada durante la noche. No se había peinado. Tenía un aspecto horrible. -Tengo miedo- Dijo solamente. Empecé a reír volviendo la vista hacia mi café. No sé porqué, me hacía gracia oírle decir eso, ella era tan valiente, tan dispuesta siempre a impresionarnos con sus terroríficas historias. -¿Se puede saber que te hace tanta gracia? ¡No te rías!- Continuó- Es algo serio Anoche tuve una experiencia horrible... Me pregunté que podía ser aquello que tanto la inquietaba. Quedé callada un instante y le di pie a que pudiese contarme aquello que la corroía. -Ayer hablé con la Ouija- Mariam me miró como si esperase de mí una respuesta al respecto. -¿Y?- Quise saber. Yo no creía mucho en la ouija. Siempre lo había tomado como un juego. Me pregunté como Mariam podía tenerle miedo a las tonterías que dijese un vaso parlante sobre un tablero de madera. Estaba comprobado que el vaso no se movía solo, que eran los integrantes del juego de la ouija quienes lo movían. -¿Jugaste con Oscar?- Pregunté extrañada sin saber a donde quería ir a parar. -No- dijo Mariam- Jugué sola. -¿Estás loca? ¿Cómo es posible?- Titubeé- ¿Cómo es posible jugar a la ouija una sola? -Por Internet. Los espíritus también viven en la RED, Claudia- Respondió Mariam con sarcasmo. -¡Cuéntamelo por favor!- le rogué. Me contó que a horas intempestivas en las que al igual que yo, no podía dormir, había entrado en una página web que ofrecía entre sus servicios el juego de una ouija virtual. Medio broma, medio en serio empezó a hacerle preguntas estúpidas del tipo como me llamo, y cuantos años tengo… La ouija siempre lanzaba respuestas ambiguas por ejemplo: a la pregunta cuantos años tengo ella le respondía: Eres una persona bastante joven, por lo que por un momento, Mariam sospechó que había una persona detrás de todo aquello, burlándose de quienes creían en esas cosas. Cuando se iba a ir a dormir Mariam quiso ser amable con ese alguien y le dijo: -Ha sido muy grata tu compañía, espero que volvamos a vernos a lo que la ouija contestó: -No te quepa ninguna duda. Te visitaré esta noche. La hora en que mi amiga Mariam había sentido la presencia de la sombra acompañada de aquella respiración agitada coincidía con la hora en que a mí me había pasado exactamente lo mismo. Aquella noche se había desatado algo, aún no sabía qué. Tal vez Mariam había abierto la puerta y le había dejado pasar con su estúpido juego de la Ouija. Me miró muy seria y de pronto rompió a reír. Se retorció de risa mientras trataba inútilmente de arrancarse las lágrimas. La situación le resultaba tremendamente divertida. No podía parar de reír. -¡Que era broma mujer! -¡Estoy harta de tus bromitas! No me hace gracia que juegues con esas cosas.- Le increpé-Ayer por la noche yo sentí todo eso que tú describiste: la sombra, la respiración…y en mi caso, sí que no fue mentira -¿De veras?- Puso cara de sorpresa fingida- Por eso te gasto estas bromas, mujer. No puedo entender cómo puedes creer en todas estas tonterías. ¿Cuándo vas a recuperarte y volver a vivir en el mundo real? ¡Mírate por dios! ¡Han pasado tres años! La miré por un momento aún sabiendo que le debía mucho y que era una persona que nunca había querido mi mal. No sé porque me decía aquello pero, en ese momento me pareció cruel y horrible y la odié con toda mi alma. -¡Veo alguien contigo!- Empezó Trotamundos. O mejor dicho veo a dos personas. Sí, eso es, son dos personas. Una es una persona que desprende mucha luz y vive contigo. La otra, es un ser oscuro del que deberías protegerte. Es como un agujero negro que absorbe toda la luz que hay a su alrededor. Es la maldad en sí misma. Me pregunté porque Trotamundos utilizaba aquel juego recurrente. -¿Has investigado lo que te dije?- Preguntó. Le puse una carita amarilla y sonriente como un Sol. -No me hace falta investigar- le dije- Sé que hace tiempo aquí, sucedió algo horrible. -¿A qué te refieres?- Quiso saber. Tardé unos instantes en teclear. -Hace tiempo, David me dijo que en el sitio donde hoy se ubican nuestras casas sucedió una desgracia. -¿a qué te refieres cuando dices desgracia?- tecleó- Explícate. Le conté que hacía años cuando se habían construido los pisos que albergaron a los obreros de la fábrica, se realizó una especie de corrida taurina. En aquel tiempo, como no había muchos medios se hicieron una especie de gradas de un material poco consistente para que la gente pudiese disfrutar del espectáculo. Desgraciadamente, uno de los toros se volvió loco, se escapó y arremetió contra un puesto de churros y frituras. Para colmo de los infortunios las gradas se vinieron abajo y los que no murieron aplastados por derrumbe y el desesperado intento de huir, lo hicieron a causa de las graves quemaduras. -Puede ser que todas esas almas hayan quedado atrapadas con motivo de ese hecho luctuoso. Eso explica las respiraciones que oyes y la sospecha de que alguien a quien no puedes ver te espía. Le hablé a Trotamundos la historia del hombre de negro y de mi perplejidad por la pérdida y rotura de objetos en mi casa, en los que parecía intervenir una mano invisible. Una mano que a veces, durante la noche me acariciaba el cuello mientras susurraba aquellas ininteligibles palabras. Finalmente pareció cansado y me dijo que tenía que dejarme porque alguien picaba a la puerta, momento que aproveché para salir del Hotmail y apagar el ordenador. Yo no sé, quien picó a la puerta de mi amigo Trotamundos aquella noche pero lo cierto, es que después de aquella conversación, le perdí el rastro y nunca más volví a leerle. A veces pienso que fue el hombre de negro. Pero prefiero pensar que simplemente le ocurrió algo fortuito que hizo que le perdiese la pista todo, era mejor que creer en la posible veracidad de aquella leyenda urbana. Con el paso de los días, David estaba cada vez más nervioso, lo sentía como un dibujo, un bello dibujo en el que se van difuminando sus trazos. -¿Por qué trabajas tanto?- Le dije enlazando su cuello con mis brazos. Se volvió hacia mí mirándome con sus enormes ojos marrones. -Mañana tengo que ir a la ciudad a cerrar unos negocios.- Dijo apartándome con suavidad. -Estamos tan felices aquí. ¿Por qué tienes que irte? Tenemos dinero suficiente. No tienes porqué trabajar tanto. Por primera vez él se mostró huraño e irascible. -¡Déjame!- Casi gritó- Me asfixias. ¡Necesito salir a la calle, necesito ver la luz! Tenía lágrimas en los ojos al decir estas palabras. Después de unos segundos, me miró como si se arrepintiese de haberme gritado y susurró en mi oído. -¡Te pondrá s bien! ¡Sé que sólo es cuestión de tiempo! -¿Tiempo? – Le increpé- ¡Yo no tengo tiempo! ¿Es que no lo entiendes? ¡Tengo miedo de que abras esa puerta y que desaparezcas, que un día me levante por la mañana y me dé cuenta de que te has ido para siempre! -Tal vez debas dejarme ir. Para siempre es un término demasiado rotundo. Nada es para siempre, ni siquiera nosotros. ¡Volveré a buscarte pero entretanto, me gustaría que fueses un poco feliz! Me eché a llorar. Por un momento temí enloquecer. -¿Qué haré yo sin ti?- Le dije desesperanzada. En ese tiempo, en que David se me iba desdibujando, los fenómenos se agravaron. Comencé a sentir ruidos a horas intempestivas de la noche. Los ruidos procedían del piso de arriba: puertas que se abrían y se cerraban de golpe, retazos de conversaciones, carreras de niños… Y la sombra, la sombra oscura que atravesaba mi cuerpo dejando una estela de frío glacial. Sabía que el piso de arriba, no vivía nadie, de modo que nada lógico y racional explicaba todos aquellos ruidos y sensaciones. Como digo, sombras de mi mente, yo no creía en los fantasmas. Aunque les seguía la corriente a Mariam y Trotamundos, prefería pensar que se trataba de un peligro mucho más real. Por lo que comencé a pensar, que el piso de arriba había sido invadido más bien por un grupo de okupas por lo que decidí tomar cartas en el asunto. En esa época David se había marchado a la ciudad para cerrar un negocio con unos clientes, dejándome sola. Había llamado varias veces a la policía y estos habían terminado por tomarme por loca. No podían entrar en esas casas sin una orden de registro y de todos modos, tenían pruebas fehacientes de que estaban vacías. Mis vecinos misteriosos del piso de arriba, se estaban volviendo especialmente ruidosos. Había llegado un punto en el que resultaba insoportable dormir tanto de noche como de día. Con el paso del tiempo, mis nervios comenzaron a alterarse, mi depresión se acrecentó y comencé a ver sombras por todas partes. L a presencia de esa sombra negra se acostumbró a frecuentarme y las pocas horas que conseguía dormir lo hacía con la luz encendida. En ese tiempo Mariam harta de mis paranoias y mis continuos avisos a la policía, había decidido que siempre estaría ocupada cuando yo la reclamase. Faltaba un día para mi cumpleaños… Incapaz de soportarlo por más tiempo cogí un cuchillo, el más grande de todos y subí las escaleras una a una. Estaba convencida de que en el tercer piso, estaba la clave de mi terror. Sorprendería a esos okupas que me estaban haciendo la vida imposible, no les mataría, pero sí les asustaría para que me dejasen tranquila y con ellos se irían las sombras, los ruidos, los pasos de todos esos seres oscuros que habitaban mi mente. Subí una a una las escaleras que conducían al tercer piso, con el cuchillo en la mano y la misma lividez del hombre de negro del cuento de Mariam. Incluso, últimamente aquel color era mi preferido, el color de mi alma. No había nadie allí. Absolutamente nadie. Golpeé las puertas con saña y les insulté. Sabía que estaban ahí atrincherados tras aquellas puertas, pero volvería, juré que volvería. Cuando llegué a mi casa con el cuchillo aún en mano, descubrí que la puerta de mi casa estaba abierta. Sospeché que alguno de aquellos mal nacidos, había aprovechado que yo estaba en el piso de arriba para entrar en mi casa, romper mis objetos, mis recuerdos, mis fotos… ignorar que aquella era mi casa, que yo vivía allí… Una sombra emergió detrás de la puerta. Enarbolé en alto el cuchillo y lo hundí una vez tras otra en aquella sombra hasta que no me quedó más rabia y cuando al fin descansé, descubrí horrorizada sobre el charco de sangre, a mi amiga Mariam que había abierto con el juego de llaves que yo misma le había proporcionado, dispuesta a hacerme una fiesta sorpresa de cumpleaños. Entonces, todos los recuerdos vinieron a mí. Me di cuenta porque Mariam no veía a David cuando hablaba conmigo, porque lo miraba como si él fuese transparente y porqué yo me aferraba a él continuamente para que no se fuera de mi lado. David había muerto hacía tres años. Había muerto y yo nunca lo había asimilado, por eso nunca le dejaba marchar, por eso siempre se sentía asfixiado en mi compañía. La tristeza de admitir que nunca más le vería junto al sufrimiento de haber asesinado a mi mejor amiga me resultó algo insoportable. Me arrojé por una de las ventanas de mi maravillosa habitación de dos ventanas huyendo de las sombras.

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