miércoles, 12 de septiembre de 2012
El dibujo
EL DIBUJO
Se despertó con un sobresalto y un grito ahogado. Un sudor frío recorrió su cuerpo, miró a su alrededor, todavía era de noche y pasaron unos segundos hasta que se acostumbró a la penumbra.
Su corazón latía tan fuerte que casi podía oírlo. Respiró profundamente y se tranquilizó. Otra vez la misma pesadilla – pensó.
La oscuridad envolvente la ahogaba poco a poco y le robaba su último aliento.
Se incorporó en la cama ya totalmente despierta, había dormido apenas dos horas como todas las noches. Se levantó y se dirigió a su escritorio a tientas, encendió la lámpara de pie que iluminaba tenuemente la estancia.
Se sentía segura en ese cálido rincón, era completamente suyo, había logrado esa conjunción entre la elegancia y comodidad del hogar.
Se dejó caer en su sillón favorito. Se encontraba exhausta, eran demasiadas emociones. Dos lágrimas rodaron por su rostro y cayeron al suelo, nadie las recogió.
Ya no había nadie que recogiera sus lágrimas, se había quedado sola.
Sola para siempre.
Dándose cuenta de ello, se incorporó bruscamente, nerviosa, como si el asiento le quemara bajo el camisón de seda, y recorrió la casa a oscuras.
En todas las habitaciones sintió la ausencia, reinaba la austeridad y la frialdad con que solía decorar la casa, la vida y su relación con ella.
Ella había logrado salvar de esa frialdad algunos rincones del ático.
Se dirigió allí y encendió la luz.
Había conseguido una pequeña habitación de la casa para trabajar sus dibujos, desde donde se veía gran parte de la ciudad. El cuarto era un caos de rollos de papel; botes con miles de lápices de todos los tamaños, aguarrás, rotuladores de colores, pinceles, pinturas dispuestas en una alacena, colores grasos, colores acrílicos, colores...
Las paredes apenas se veían, pues colgados con chinchetas estaban dispuestos desordenadamente sus hermosos dibujos. Una gran mesa de dibujo inclinada estaba situada al lado del ventanal, se veía sobre ella un dibujo de la urbe sin acabar. Se sentó en el taburete y tomó un lápiz.
Observó atentamente su obra y se adentró tanto en ella que su mirada se perdió entre los tejados brillantes por la lluvia, y calles desiertas y grises.
Paseó por allí un rato y le vio. Allí estaba, a unos metros de donde ella se encontraba, con su traje oscuro. Él pareció no verla, pero quiso esbozar una tímida sonrisa a través del papel.
Caminó lentamente, luego la bruma le envolvió y desapareció.
Desapareció otra vez. Para siempre. Él ya sólo existía en su imaginación, pero todo era cada vez más lejano.
Su mente no podía dejar de pensar y sintió la necesidad de plasmarlo. Se puso a escribir en la hoja de papel a medio dibujar, y las palabras y frases surgieron rápidas, claras. "Cuando me quedo a solas con mi mar oscuro de rugoso papel no puedo escapar de la inmensa soledad, la llanura verde azulada que he dibujado me invade, el desierto con su arena fina en que continuamente te busco, me aprisiona, La ausencia de tu imagen me ahoga y mi alma se queda a oscuras.
Una tristeza enorme me embarga y me envuelve y crece.
La planicie árida y gélida en la cual reside mi alma es insoportable para mi conciencia. Me quedo en un letargo del que es difícil salir, no hay nadie a quien recurrir. La imaginación ya no vuela.
Es la muerte, hay que salir de ella, debo resucitar.
No me quedan más que lágrimas amargas y una gran tristeza. ¿Ya no amo?
¿Qué pretendo con mis torpes palabras?
Intento sacar lo que llevo dentro, el papel es el único oyente, atento, interesado, comprensivo. Sin embargo, no le creo. Es fácil compadecerse ante una hoja en blanco.
Sólo dos ojos son testigos de mi tristeza, pronto se cierran.
Debo seguir."
El texto quedaba inclinado con respecto al dibujo, con letra grande y clara en lápiz bajo el boceto, parecía un poema sobre una ciudad a medio construir.
Sonrió. Por primera vez en muchos meses. De pronto se dio cuenta de que empezaba a clarear y los albores de la mañana iluminaban suavemente la ciudad aún dormida. Pronto el bullicio de la gente y de los coches resonaría hasta su ventana.
Ésta era su hora preferida, los colores pastel de la mañana iluminaban los tejados, que se difuminaban en la bruma gris de la contaminación. Era el perfecto paisaje urbano.
Se sentía joven, viva y bella, pero tenía todavía mucho camino por recorrer hasta llenar ese gran hueco que había en su corazón. Sin embargo se sintió optimista.
Se levantó y se desperezó como un gato, se vistió y se dispuso a recorrer las calles que tantas veces pintó.
Erró por ellas largo tiempo como una vagabunda, deteniéndose de vez en cuando en algún rincón de aquella ciudad de carboncillo y papel.
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